(Fotografía por Tony Karumba / AFP)

Chris Stein / AFP
03/14/2019 , 12:35 pm

Las familias lloran por sus víctimas en el lugar de la tragedia aérea en Etiopía

Las familias de los difuntos se suceden en el lugar del accidente

 

TULU FARA, Etiopía.- “¡Ibas a casarte pronto! ¿Por qué tenías que morirte?”. En una zona rural tranquila de Etiopía, no lejos de la capital Adís Abeba, se oyen los llantos de las familias de las víctimas del accidente aéreo del domingo, que causó 157 muertos.

Desperdigados en el campo cercano al pueblo de Tulu Fara donde se estrelló el avión, algunos se arrodillan en medio de los restos del aparato que todavía no fueron recuperados por los investigadores.

Algunos necesitan ayuda para mantenerse de pie, otros gritan los nombres de sus allegados que se encontraban a bordo del vuelo 302 de Ethiopian Airlines que unía Adís Abeba y Nairobi. Solo el ruido de las excavadoras desenterrando los restos perturba su lamento.

La policía intenta por su parte dispersar a los grupos de curiosos.

Desde el miércoles, las familias de los difuntos se suceden en el lugar del accidente, que llegan a la zona en autobuses fletados por Ethiopian Airlines o por sus propios medios.

Algunos de ellos rezan, otros toman tierra entre sus puños, traen ofrendas de frutas, encienden velas, llevan fotos de sus fallecidos o entonan cantos. Hubo víctimas de 35 nacionalidades diferentes, y cada uno las llora a su manera.

“Nadie se pensaba que esto pudiera ocurrirle. Ella amaba su vida”, suspira el etíope Micky Kassa, cuya prima Mygenet Worku viajaba a Nairobi para participar en la reunión anual del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUE).

(Fotografía por Tony Karumba / AFP)

(Fotografía por Tony Karumba / AFP)

“Tenía una madre mayor, que la crió sola. Es una terrible noticia”, dijo.

Para los etíopes, el accidente es una tragedia nacional, e incluso gente que no perdió a ningún allegado fue hasta el lugar del accidente.

Ethiopian Airlines, la compañía aérea más importante de África, es un escaparate de Etiopía para el extranjero. El país perdió a nueve pasajeros y ocho tripulantes.

“Todos los etíopes deberían estar aquí”, dice Genanaw Dibekulu, directivo de un banco que gastó un día de sus vacaciones para ir hasta la zona del siniestro. “Es trágico. Si uno de los miembros de mi familia hubiera muerto, me habría vuelto loco”.

 

“Todo son trozos”

 

Algo más lejos, responsables de la ONU se reúnen en silencio alrededor de una ofrenda de flores blancas. Rinden homenaje a los 22 funcionarios de este organismo que viajaban en el aparato, ya que en Adís Abeba y Nairobi se encuentran importantes oficinas de Naciones Unidas.

En el suelo se pueden ver varias tarjetas de visita, junto a fragmentos de asientos.

Investigadores estadounidenses y británicos, el equipo técnico enviado por Boeing, Interpol y el gobierno etíope estaban todos en el lugar.

Pero para los padres de un israelí fallecido en el accidente, con esto no basta. Quieren acceder a una zona prohibida donde están trabajando las excavadoras.

“No nos autorizan a acceder al lugar”, se lamenta Sahan Biton, cuyo tío Shimon Reem, un consultor en seguridad para un centro comercial de Nairobi, figura entre las víctimas.

Según la tradición judía, Shimon no puede ser enterrado hasta que se haya encontrado un resto de su cuerpo. Su sobrino critica a las autoridades etíopes por no haberle entregado ya los restos que ya hallaron, ni autorizar a un equipo especialista israelí a acceder a la zona en cuestión.

“Hasta que no tengamos un trozo del cuerpo, no podremos enterrar a nuestro tío”, insiste Sahan. Afligido, canta el himno nacional y entona varias oraciones en su honor junto a cinco compatriotas, que muestran una bandera israelí.

(Fotografía por Tony Karumba)

(Fotografía por Tony Karumba)

Según testigos, el morro del avión se estrelló directamente contra el suelo. El jueves quedaban pocos restos visibles del aparato y fácilmente identificables, excepto una rueda y trozos de metal que podrían venir de un motor.

“Ayer, encontré una pierna”, asegura Zhang Jun, un obrero chino que trabajaba con su excavadora en la extensión del aeropuerto de Adis Abeba, antes de que lo llamaran para participar en las tareas de rescate.

Según este hombre, lo que queda del aparato podría estar enterrado hasta 20 metros bajo tierra. La tarjeta de crédito y el pasaporte que encontró estaban tan dañados que no pudo determinar a quién pertenecían: “Todos son trozos, no queda nada grande”.

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