Silvino Vergara
11/30/2020 , 9:01 pm

28 de noviembre de 1911

«[…] más que una proclama política,

es un acuerdo de voluntades,

[…] la libertad de los campesinos

de las haciendas y la recuperación de las

 tierras que fueron absorbidas por éstas […]».

El Plan de Ayala desde otra mirada

 

Para pocos, para los que están adentrados en la historia no oficial de México, es decir, dentro de la que realmente sucedió, de la que no es dictada en los libros de historia del Estado y está fuera de la que se distribuye en las escuelas para confundir la nacionalidad mexicana más que para resaltarla; para aquellos, la verdadera fecha en la que se debería festejar la revolución mexicana es, indudablemente, el 28 de noviembre, pues el 28 de noviembre de 1911, en Ayoxuxtla, Puebla, huyendo del ejército y con todas las adversidades, el grupo comandado por Emiliano Zapata firmó el Plan de Ayala (alusión a la Villa de Ayala en el Estado de Morelos), que, por las condiciones en que aquella población se encontraba en esos tiempos, se llevó a cabo en la ya mencionada del Estado de Puebla.

El 28 de noviembre es la fecha en que se debería celebrar la revolución mexicana. Posiblemente, no para el gobierno y sus instituciones, menos para los que aún vitorean a Francisco I. Madero, a quien, una vez llegado al poder, le sucedió lo que a muchos les sucede: sufrió de una amnesia para conocer y adentrarse en las necesidades del pueblo; lo cual provocó, precisamente, que el Ejército libertador del Sur le volteara la espalda para buscar otras alternativas para los campesinos, para los obreros, para los desempleados, para los más necesitados de esta nación, para los olvidados por los presidentes que van y vienen. Presidentes que, por el contrario, lo que se desearían fervorosamente es que aquellos se quitaran de los espacios, las poblaciones y las tierras para darle paso a la industrialización del campo y hacer de las tierras una propiedad de empresas transnacionales; precisamente, contra todo lo que estuvo luchando permanentemente el Ejercito Libertador del Sur comandado por Zapata y que, en ese tiempo, eran las haciendas, dentro de las que —a decir de la historia—, habían algunas con tanta extensión de tierra que, dentro de ellas mismas, estaban situadas las poblaciones y los pueblos.

Desde luego, a más de cien años de esos sucesos, poco se puede hacer más que no perder de vista esa fecha, en la que, en la población de Ayoxuxtla, para redactar ese documento, el compadre de Emiliano Zapata, Otilio Montaño, pidió prestado papel y lápiz, quien era profesor de la escuela primaria de Villa de Ayala; documento que fue pasado «a máquina» por un sacerdote y publicado en un solo diario capitalino, El hogar, con la anuencia del mismo presidente Francisco I. Madero, con el propósito de que la población conociera las ideas del «loco de Zapata» y su ejército, conformado por campesinos que, una vez eran llamados, dejaban sus tierras y tomaban las armas y, luego, terminadas las batallas, regresaban a las labores en sus campos.

El Plan de Ayala fue una lucha contra todo y contra todos; en principio, contra el gobernador de Morelos, que sostenía que, si las poblaciones querían sembrar y ya no tenían tierras, pues que sembraran «en macetas». Esta era una problemática que las poblaciones tenían debido a que sus tierras habían sido devoradas por las haciendas para sembrar caña de azúcar: cultivo que inició en tiempos coloniales en Morelos por su extraordinario ecosistema, y que resultó tan importante para la Nueva España que, durante algunos años, el virreinato vivió de la producción de la caña de azúcar.

El Plan de Ayala, a diferencia de otros acuerdos que eran eminentemente políticos, comprometió a los que firmaron, a sus familias y agrupaciones a seguir los fines de lo que decía, incluso, hasta la muerte. Lo cual causó otro pasaje de la historia de México, al que, también, la historia oficial y sus historiadores profesionales (que inundando editoriales y librerías para que no haya otra alternativa qué consultar y qué leer) han procurado olvidar; a saber, la denominada «Comuna de Morelos», aludiendo a la comuna de Paris, que consistió en que,  durante un periodo regular, el Estado de Morelos, poblaciones de Puebla, Tlaxcala y el propio Estado de México fueran gobernados por el Ejército Libertador del Sur.

Bajo su mandato, se proveyó de tierras a los campesinos, se aseguró la protección de que no iban a salir de las mismas violentamente. Además, en ese tiempo de gobierno de la «Comuna de Morelos», estas poblaciones tuvieron su propio banco, billetes, créditos, escuelas para menores de edad y para los propios campesinos para capacitarlos a sembrar otras cosas, pues sólo sabían sembrar caña. De esta forma, ese Plan de Ayala no fue un simple documento político, sino uno jurídico, que le dio fuerza al movimiento revolucionario y que provocó, en la Constitución de 1917, el reconocimiento de los derechos de los campesinos y de los obreros; Constitución que estaba vigente en todo el territorio nacional, menos en las tierras gobernadas por la «Comuna de Morelos». Pues bien, esa fecha del 28 de noviembre no debería ser olvidada, aunque, desafortunadamente, poco interés ha despertado en las propias autoridades y en los historiadores que dictan la historia oficial.

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