
Redacción
Samara Martínez se ha convertido en una figura central del debate sobre la eutanasia en México. Su visibilidad pública proviene de una condición límite: una enfermedad terminal que la llevó a tener la necesidad de rebasar alcances de la medicina y los márgenes de la ley. Desde esa experiencia personal impulsa la llamada Ley Trasciende, una iniciativa que busca legalizar la eutanasia para personas desahuciadas.
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A los 17 años fue diagnosticada con hipertensión y dislipidemia; más tarde llegaron la insuficiencia renal crónica y el lupus. Con el tiempo, los tratamientos derivaron en trasplantes y, finalmente, en la dependencia de una máquina para vivir. El punto de quiebre ocurrió cuando perdió su segundo trasplante y los médicos le confirmaron que no había alternativas terapéuticas.
Samara plantea la eutanasia como un derecho que debería existir para quienes enfrentan una enfermedad que no les permite vivir en paz. Su argumento central es la dignidad: la posibilidad de decidir cómo morir cuando la vida se ha reducido al sufrimiento.
Tras largas horas de diálisis nocturna, Samara, dedica el día a la docencia, la investigación, el activismo y la comunicación digital. A través de redes sociales, particularmente TikTok, ha logrado acercar el tema a públicos que rara vez participan en debates bioéticos.
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La iniciativa Ley Trasciende llegó al Senado y se prepara para un proceso de parlamento abierto. Existen resistencias religiosas, políticas y culturales. Sin embargo, insiste en que no hay argumentos legales, médicos o bioéticos que impidan reconocer la autonomía de las personas en el final de la vida.
En sus palabras, la experiencia hospitalaria fue una escuela dura. Ahí aprendió sobre la forma en que la muerte suele gestionarse sin acompañamiento ni respeto. De ese aprendizaje nace su activismo. No se presenta como víctima, sino como agente de cambio en un sistema que, afirma, suele prolongar el dolor sin ofrecer opciones.
A sus 30 años, Samara Martínez sabe que el tiempo es un factor en contra. Por eso busca sentar un precedente legal que beneficie a otras personas, incluso a quienes no enfrentan una enfermedad terminal. Su propuesta obliga a replantear cómo entiende la sociedad mexicana la vida, la muerte y la libertad individual.






