La fuente “gemela” del Zócalo que pocos conocen en Puebla
Yass Guevara
Puebla es una ciudad que no deja de sorprender, incluso en lugares donde uno menos lo espera. En la colonia América Norte, dentro del Parque Habana, hay una fuente que muchos reconocen de inmediato… pero pocos saben que tiene una historia curiosa y bastante distinta a la de la réplica que todos imaginan.
De un encargo extranjero a una pieza local
En la década de los años 30, un escultor mexicano llamado Jesús Corro Soriano recibió la misión de elaborar una pieza de cantera para enviarla a Estados Unidos, concretamente a una ciudad de Texas. El artista trabajó la escultura como correspondía al encargo, pero por una razón muy marcada en aquella época —los problemas logísticos derivados de la Segunda Guerra Mundial—, la obra nunca llegó a su destino y terminó quedándose en México.
Con el escultura en su posesión, el tiempo pasó y cuando se estaba organizando un espacio público en la colonia América Norte —el futuro Parque Habana—, los vecinos buscaron embellecer el lugar con una fuente. Corro ofreció entonces esa obra que había quedado sin usar, y así fue como la pieza finalmente encontró un hogar en dicho parque en los años 40.
¿Es idéntica a la del Zócalo?
A simple vista, muchos visitantes confunden esta fuente con la que está frente a la Catedral de Puebla, donde el arcángel aparece venciendo a un símbolo del mal. Y es que hay claras similitudes: ambas tienen tallados detallados en cantera y comparten proporciones y una estética que recuerda al arte barroco poblano.
Pero no son exactamente iguales. La versión del Parque Habana introduce variaciones en las figuras y detalles que la distinguen de su contraparte más famosa. No es una copia literal, sino una reinterpretación inspirada en el mismo tema. Eso ha hecho que, con el tiempo, la gente la considere como una “hermana” o versión alterna, más que como una réplica idéntica.
Un secreto urbano
Hoy esa fuente es parte de la identidad del parque y uno de esos tesoros que los poblanos a veces vemos sin apreciar del todo. No recibe tanto reconocimiento como la del Zócalo, pero su historia —de un encargo frustrado por la guerra, una compra vecinal y una obra que terminó en un parque barrial— la convierte en un testigo singular de la historia artística de la ciudad.
Si algún día vas a dar una caminata por América Norte, vale la pena detenerse y descubrir este detalle escondido que pocos notan, pero que dice mucho de cómo las obras de arte pueden encontrar su propio camino.






