RedacciónLa captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses no solo sacudió a Venezuela y a América Latina; también puso a prueba, de manera abrupta, el discurso y la capacidad real de China como actor global. Pekín reaccionó con rapidez en el terreno retórico: exigió la liberación inmediata del mandatario venezolano, condenó la intervención y recordó, una vez más, su apego al principio de no intervención y al respeto irrestricto de la soberanía nacional. Pero detrás de las declaraciones hay una pregunta incómoda: ¿hasta dónde puede —y quiere— llegar China cuando uno de sus socios estratégicos es detenido por Washington? Las imágenes de Maduro esposado y con los ojos vendados recorrieron el mundo como un recordatorio brutal del desequilibrio de poder que todavía define el sistema internacional. Para China, el golpe fue doble. Por un lado, se trató de la detención de un aliado histórico en América Latina, un país con el que ha tejido relaciones económicas, energéticas y políticas durante décadas. Por otro, la operación estadounidense desafió directamente la narrativa china de que es posible un orden internacional alternativo, menos coercitivo y más respetuoso del derecho internacional. El mensaje de Pekín fue claro: Estados Unidos no puede asumirse como “juez del mundo”. Así lo expresó el canciller Wang Yi al insistir en que ninguna nación tiene derecho a erigirse como policía global. No es una frase nueva, pero en este contexto adquiere un peso particular. China sabe que este caso será llevado al Consejo de Seguridad de la ONU y que ahí, junto con Rusia y otros países del Sur Global, puede articular una condena política. Sin embargo, también sabe que ese es, en gran medida, el límite de su margen de acción. China no intervendrá militarmente ni romperá de fondo con Washington por Venezuela. Su apuesta es distinta: liderar una respuesta diplomática, construir mayorías morales y políticas, y reforzar su imagen como defensor del multilateralismo. Pero esa estrategia tiene costos. Para muchos países latinoamericanos que han estrechado vínculos con Pekín —algunos incluso bajo el paraguas de la Iniciativa de Seguridad Global de Xi Jinping—, la captura de Maduro deja una inquietud legítima: ¿qué tan protegidos están realmente si un conflicto escala con Estados Unidos? 🚨AHORA: CHINA CONDENÓ A TRUMP EN LA SESIÓN DE EMERGENCIA DE LA ONU 🇨🇳🗣️ "Los Estados Unidos ha PISOTEADO la soberanía venezolana, China se opone tajantemente y exhorta a LIBERAR A MADURO DE UNA VEZ POR TODAS y que DEJE DE INMISCUIRSE EN LA SEGURIDAD DE OTROS ESTADOS" pic.twitter.com/HRiKnbxNYZ — Revolución Popular (@RPN_Oficial) January 5, 2026 La relación entre China y Venezuela no es menor. Se consolidó con Hugo Chávez y se profundizó con Maduro, acompañada de inversiones, financiamiento e intercambio comercial, particularmente en el sector petrolero. En momentos de sanciones occidentales, Pekín fue un salvavidas económico para Caracas. Precisamente por eso, la detención de Maduro representa un golpe simbólico para China: muestra que su respaldo económico y político no siempre se traduce en capacidad de disuasión frente a Washington. En el fondo, el episodio revela una verdad incómoda del orden global actual. China es una potencia en ascenso, sí, pero aún enfrenta límites claros cuando se trata de confrontar directamente a Estados Unidos fuera de su entorno inmediato. La captura de Maduro no solo abre un debate sobre legalidad, soberanía y precedentes peligrosos; también exhibe, con crudeza, las fronteras del poder chino en un mundo que sigue siendo, en buena medida, unipolar en lo militar.