A 30 años (Parte III)


11/11/2019 23:12

“Una economía poscapitalista, en el sentido de

que el capitalismo ha perdido sus estrechos

vínculos con el mundo del trabajo.”

Zygmunt Bauman

 

En la primera parte de esta serie de ensayos, conmemorando los 30 años de la caída del muro de Berlín, se subrayó el florecimiento de la guerra contra el narcotráfico como una forma, propia del sistema mundial, para justifica la existencia de un enemigo ante la caída del enemigo denominado socialismo y URSS —cuya disolución se dio hasta 1991—. En la segunda parte, se habló de la insistencia, como única utopía de los Estados del mundo occidental, de los derechos humanos y su eficacia; lo cual ha sido para legitimar cualquier discurso, aunque tales derechos no se hagan efectivos en la población y aunque tal insistencia haya traído como consecuencia la propia crisis de los derechos humanos, por su falta de definición y, con ello, de su materialización en la población.

A partir de esa fecha emblemática del jueves 9 de noviembre de 1989, otro de los cambios sustanciales en el mundo que, desde luego, se fue fraguando fue la hegemonía del capitalismo. Éste pasó de un capitalismo productivo (el que estaba sustentado en la producción de mercancías y, con ello, de la creación de empleos y trabajos para la población, así como en la fidelidad que los empleadores debían forjar con los trabajadores, la necesidad de la capacitación de los mismos, promover la permanencia de estos en los empleos, etc.) a lo que se ha denominado como capitalismo financiero o, según algunos, la fase final del capitalismo; si bien, en realidad, no se vislumbre como una fase final del capitalismo, pues no se ve otra alternativa en el horizonte.

El sociólogo Zygmunt Bauman sostiene, respecto a ese fenómeno de la transformación del capitalismo productivo al capitalismo financiero, que: “perdió por el camino las características singulares de un sistema que estaba basado en las fábricas, en las grandes plantas productoras, en la concentración, en las inversiones a largo plazo y en el mantenimiento de la fidelidad de la mano de obra… Se ha desmaterializado; se ha liberado de las grandes inversiones, de los grandes proyectos industriales con los que estaba comprometida a largo plazo, y ha puesto sus miradas en los mercados financieros, que se encuentran en un lugar virtual, carente de una ubicación geográfica” (Bauman, Zygmunt; Bordoni Carlo, Estado de crisis, España: Paidós, 2016).

Ese capitalismo financiero se encaminó hacia la simple especulación, hacia la posibilidad de obtener la mayor riqueza con el menor esfuerzo y, sobre todo, con el menor riesgo de inversión y, principalmente, a corto plazo. Por ello es que esas inversiones viajan de un lado del planeta a otro, de un país a otro; salen de las naciones sin permiso alguno y con una facilidad que provoca grandes crisis económicas: el denominado “efecto tequila”, que fue la crisis económica de México en 1994; el “efecto tango”, que correspondió a la crisis económica de Argentina en 2001, y qué decir de la crisis europea denominada del “08”, es decir, del año 2008; todas muestras de las crisis que dejan los grandes capitales, que, con la simpleza de apretar un botón de una computadora, arrasan con las economías de muchas naciones. Todas ellas no son sino esas denominadas “inversiones buitre”, pues depredan buscando en qué naciones hay mejores condiciones para sus inversiones y cuál es el momento ideal para dejar esos países; son las que causan el desempleo, la miseria, la extrema pobreza y el deterioro del medio ambiente.

Los grandes capitales que conforman ese capitalismo financiero, efectivamente, son totalmente depredadores, no son propietarios de inmuebles, predios o grandes extensiones de tierra, tampoco son propietarios de mercancías, insumos o materias primas, sino que son propietarios de marcas, patentes, inversiones, acciones de las bolsas del mundo. Razón por la cual gozan de toda esa gran movilidad. Prácticamente, son los causantes de establecer aquellos territorios denominado “paraísos fiscales”, constituidos por muchas de las entidades de Estados Unidos de América, aunque, claro está, esa nación no lo sostendrá a los cuatro vientos. Por su parte, también basta con analizar cuáles son esos paraísos fiscales para constatar que muchos de ellos son pequeños territorios protectorados de la Gran Bretaña y son los lugares en donde se concentra una gran cantidad de recursos económicos bajo la versión de las denominadas empresas off shore, que impiden conocer quienes son los auténticos propietarios del dinero y permiten que la inversión amanezca una mañana en un lado del planeta y en otro en la noche, con las consecuencias que representa esos movimientos para las naciones y, sobre todo, para sus poblaciones, que, atendiendo a este capitalismo financiero, se han convertido en una gran masa de personas que, paulatinamente, han perdido sus empleos y que, desafortunadamente, muchas de ellas jamás volverán a recuperarlo o conseguir otro en lo que resta de sus vidas. Por ello, resulta necesario transformar ese capitalismo depredador, llamado financiero, para encausarlo a un capitalismo más justo, más democrático, más distributivo. Ese es uno de los retos que tiene actualmente la humanidad.

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