Parásito-landia


23/07/2019 13:20

“Tienen razón (los que dicen que se anuncia mucho y se hace poco), pero el problema es que en este país no te dejan hacer nada. Cualquier cosa que vas a hacer es como un parto”. José Mujica

 

En el siglo XIX se entendía por burocracia la eficacia, que todo el trabajo se hacía en las mismas condiciones, con el mismo tiempo y calidad. Más de cien años después, por ese mismo concepto se entiende lo contrario, a saber, la ineficacia y torpeza. Esto es con lo que se topan las políticas públicas con buenos propósitos (llámense de izquierda o de derecha). El problema de la burocracia ha convertido a los Estados en parásito-landia, es decir, un lugar donde no se tiene la eficacia suficiente para hacer las cosas correctamente, para que funcionen de la mejor forma, para que se pueda cumplir con los cometidos y fines trazados; un lugar en el que, por el contrario, el sistema se crea para que no funcione, para que se trabaje sin utilidad alguna.

Pero, hay que considerar que siempre se ha sostenido que la burocracia es la tendencia —en los gobiernos de izquierda— a estatizar todo para controlar todos los procesos económicos, productos y precios; o —en las políticas públicas de derecha— a conformar un Estado lo más ligero posible, que no cuente con muchas cargas y, principalmente, que sea débil y las grandes corporaciones económicas mundiales puedan controlarlo y dominarlo. Sin embargo, esa tendencia de privatizar todo pasa la carga burocrática a las instituciones privadas. Entonces, los servicios que algún día fueron públicos se convierten en servicios privados y, por ello, el entorpecimiento se da dentro de la iniciativa privada. Esto quiere decir, pues, que la burocracia no es un don exclusivo de los órganos del Estado, sino que está en todas partes, y hay que entenderla como una serie de procedimientos estériles, inútiles, pero que hay que realizar.

Pareciera que México (y América latina, en general) ha sido laboratorio de esos procesos. En un primer momento, cuando todo era propiedad del Estado al grado de que hasta hoteles, aerolíneas, y cualquier servicio provenía de empresas propias del Estado, con su consecuente ineficacia, a finales de la década de los ochenta del siglo pasado, el Estado mexicano se empezó a adelgazar; y eso provocó que paulatinamente se fuera desprendiendo de todas esas empresas y servicios que prestaba. Por ello, hoy se ha llegado al extremo de privatizar servicios que, por su propia naturaleza, no deberían ser prestados, administrados ni explotados por la iniciativa privada. Sin embargo, así sucede y, por ello, hoy nos topamos con una realidad en la que se privatiza hasta la limpieza de la ciudad, su alumbrado, los servicio a los sistemas de cómputo de las oficinas que controlan la información más delicada y reservada que pudiera tener el gobierno de sí mismo y de sus gobernados, como es el caso de los sistemas de cómputo del control de los pasaportes o del de la información de los particulares respectos a sus obligaciones fiscales. Sin embargo, los servicios privatizados se burocratizaron y no se optimizaron, menos aún, disminuyeron en su costo y, por el contrario, aumentaron; además, se complicaron y entorpecieron. Ejemplos de esto sobran. Basta con acudir a solicitar que se haga efectiva una póliza de fianza, con ir a alguna notaría para un servicio que debería prestar (y no hace) o, bien, a un banco, simplemente, para transferir dinero de una cuenta a otra, pedir un crédito, etc. En estos casos, estas instituciones fueron absorbidas por empresas globales, además de otra serie de servicios que no son ni acaso periféricos, como la venta de casas, vehículos y hasta cacerolas; pues todo ello se puede ofrecer en un banco y ponerlo a la venta, lo cual es inaudito. Aunado a esto, es evidente, sobre todo, que esas (pocas) corporaciones absorbieron el mercado, lo dominaron y han provocado servicios verdaderamente ineficaces y lamentables, sin competencia alguna, porque entre ellas no hay competencia; es decir, los estándares de los servicios, por ejemplo, bancarios son los mismos, y así con otros productos y servicios, que, si bien cambia la marca o la compañía, en realidad siguen siendo lo mismo. Para muestra, las concesiones de televisión abierta en el país. Pues bien, un trabajo pendiente, tanto de la iniciativa privada como de las entidades públicas, así como de las políticas de derecha e izquierda, es resolver esa problemática, pues hemos hecho del planeta un parásito-landia.

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