Qué más


06/01/2020 14:37

Y qué más decir de nuestro mentor Enrique Montero Ponce, de quien todos lo han dicho todo desde el sábado que falleció.

Que fue un gran maestro, un cómplice, aliado, guía.

Que nunca supo regañar. Cuando sus reporteras veíamos que enmudecía, concluíamos que algo le molestaba, y después de contar del uno al millón nos sentaba de frente y confesaba el porqué de su enojo.

Que siempre se sintió orgulloso de haber integrado desde el inicio de su programa a mujeres, en las que confiaba y consideraba que tenían un mayor olfato por naturaleza.

Que tradicionalmente invitaba a su mesa lo mismo a funcionarios, que a políticos, académicos, líderes con quienes profundizaba en los temas y percibía la noticia, y así ganaba muchas primicias.

Que cuando se sentaba a escribir ante su máquina Letera, no había persona que lo distrajera, y escribía con los 10 dedos a una velocidad que bien pudo ganar cualquier campeonato con las mejores mecanógrafas.

Cuando llegó la computadora sufrió, se lastimaba mucho los dedos pero finalmente aprendió a escribir en ésta, aunque ya los últimos meses rescató su Letera que había sido su fiel compañera en sus viajes y volvió a escribir en ella.

Que su primer contacto con un micrófono fue en un concurso de aficionados que organizaba la HR y lamentablemente le tocaron la campana.

Que cuando podía comer de todo, disfrutaba las cemitas rellenas de chalupas, los chiles en nogada, el mole de caderas y los domingos solía ir personalmente a comprar a la calle de los dulces de Santa Clara, los famosos gaznates de La Rosa que saboreaba con singular gusto.

Que así hubiera terminado la fiesta a las 3 de la mañana, a las 5:30a ya estaba listo y entusiasmado para comenzar su programa, bañado, limpio, perfumado y con la emoción del primer día.

Que de camino a su programa oraba y repetía las oraciones que su madre, doña Anita, le había enseñado de niño.

Que nunca olvidó a un amigo. Después de su programa acudía al encuentro de los que no vivían sus mejores días, ya fuera en la cama de un hospital, o en la cárcel.

Que devoraba libros después de leer todos los periódicos.

Que no faltaba a la procesión del silencio los viernes santos.

Que los últimos años después de desayunar, disfrutaba una buena película del cine mexicano.

Que le encantaba asistir a la Ciudad de México a los restaurantes de moda para los políticos, a donde siempre se encontraba con alguno de éstos.

Que después de su programa al entrar a su oficina se persignaba ante la escultura del Cristo Resucitado, obra del artista Carlos Haghenbeck, que le obsequió su amigo Pepe Matanzo.

Y que cada vez que se moría un amigo parafraseaba a su incondicional Pepe Chedraui Alam: “todos vamos para allá, nada más no empujen”.

Hoy está reunido con todos sus amigos y aquí nosotros poniéndole todas las ganas luchando para superar la tristeza de su ausencia.

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