Cuando se vuelvan a abrir las puertas

Recuerdo, en mi confinamiento voluntario que ya lleva dos semanas, una historia que puede aplicarse a estos momentos inéditos que estamos viviendo. Cuenta la leyenda que un rey pidió a los sabios de su corte un anillo especial: “Quiero que fabriquen un anillo que pueda ocultar un mensaje que pueda ayudarme en momentos difíciles o de desesperación. El mensaje debe ser breve para poder escribirlo y guardarlo en el anillo”.

Los eruditos convocados habían escrito grandes tratados, pero nunca un mensaje de dos o tres palabras que pudiera ayudar al rey. Un viejo sirviente se acercó al rey y le dijo: “no soy sabio ni erudito, pero conozco el mensaje que buscas, porque lo compartió conmigo un sabio hace tiempo”. Así, el anciano escribió tres palabras en un pequeño papel, lo dobló y se lo entregó al rey con una advertencia: “no lo leas, mantenlo escondido en el anillo y sólo ábrelo cuando te sientas derrotado o estés mal”. El rey así lo hizo, se colocó el anillo y marchó a una batalla que reclamaba su presencia. En el camino fue interceptado por las tropas enemigas y se vio precisado a huir para salvarse, dirigiéndose a una cueva que conocía, para ocultarse; estando en su interior recordó el anillo y su mensaje, y sacándolo leyó: “ESTO TAMBIÉN PASARÁ”, lo que le dio una gran confianza y tranquilidad, logrando sin peligro retornar a su castillo. Ya instalado nuevamente convocó a la corte a una gran cena para festejar su salvación y pidió que el anciano sirviente se sentara junto a él para agradecerle el consejo. En medio de la jubilosa celebración, el anciano le dijo al rey “vuelve a leer el mensaje”, leyendo nuevamente “ESTO TAMBIÉN PASARÁ”. Entonces el rey entendió la profundidad y congruencia del mensaje, advirtiendo la relatividad de los acontecimientos, sean fastos o nefastos.

Hoy, en medio de estos momentos inéditos y trágicos que estamos viviendo en todo el mundo, me pareció importante recordar esta historia, para exclamar ¡ESTO TAMBIÉN PASARÁ! Y entonces, cuando se vuelvan a abrir las puertas de nuestras casas y podamos respirar el aire, más limpio que nunca, y podamos abrazar a nuestra pareja y besar a nuestros hijos, y atravesar la calle para saludar a nuestros vecinos, y comprar el periódico y platicar con los conocidos, y volver a nuestro trabajo, estrechar a nuestros compañeros y volver a comer con los amigos, ¿habremos entendido el mensaje que nos dejó esto? La importancia de la familia, el tesoro de los hijos, el valor del contacto, de la cercanía, del afecto, de la risa, de las palabras y la convivencia humana, la alegría de volver a ver a los amigos, la trascendencia del trabajo, el valor de la vida y el cuidado de la salud por encima del dinero.

Cuando se vuelvan a abrir las puertas, ¿habremos entendido el mensaje que nos dejó esto? El retorno a nuestra espiritualidad, el reencuentro con nuestro ser interno y la toma de conciencia de nuestra realidad; el replanteamiento de nuestra vida y de nuestros objetivos; la trascendencia de la comunicación y la palabra, dejando a un lado las pantallas, las computadoras y los celulares, y sobre todo… qué hubiera sido de nosotros, sin la FE en DIOS y en su DIVINA MISERICORDIA.

Pero entonces, cuando se vuelvan a abrir las puertas y estemos nuevamente en nuestra realidad cotidiana, volvamos a leer el mensaje y entendamos que eso ¡TAMBIÉN PASARÁ!, y que solo somos viajeros en el tiempo y que todo en esta vida es relativo.
Gracias Puebla. Y recuerda que “LO QUE CUESTA DINERO VALE POCO”.

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