¿Dónde está México en el panorama internacional?

«No todas las fuerzas políticas de izquierda

 impulsan siempre políticas de izquierda

y que la definición de ambas dentro

 de la dicotomía derecha-izquierda depende

de los escenarios concretos en donde

se desarrollan las acciones políticas».

Boaventura de Sousa Santos

La pregunta surge a dos años de la nueva administración pública federal, que ha afirmado la formulación de una transformación; la cual debería ser en todos los sectores o, por lo menos, dar la pauta para establecer ciertos cambios en todas las áreas, entre las que se encuentra la percepción que hay de México en el panorama internacional.

Así pues, la pretendida transformación ya estaría en un buen momento para iniciar los pasos que cambien la percepción que hay de México en el extranjero. Para iniciar, respecto de Latinoamérica, donde México tiene la responsabilidad y la carga moral e histórica de ser uno de los países que forman parte del primer bloque que comanda esta región, como alguna vez sucedió, posiblemente por la importancia que representa ser vecino de Estados Unidos de América y por la capacidad económica con que contó algún día gracias a la explotación del petróleo. Sin embargo, parece que —como se sostiene en la tauromaquia— se carece de los tamaños para eso o, por lo menos, no se ha vislumbrado tal capacidad de comandar los países de nuestra región; algunas luces se dieron, pero fueron inmediatamente opacadas. Se ve que no hay ningún contacto con los países de la región, salvo algún reciente intercambio de opiniones con el cambio de gobierno en Argentina; pero, de ahí en fuera, no hay más relación con estos países; mucho menos con los países vecinos de Centroamérica (que viven al día de los envíos de dinero). Poco se ha realizado con ellos, porque, precisamente, no se les puede ofrecer mucho si la economía de México se ha «centroamericanizado», es decir, si dependemos (al igual que Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua) principalmente de los envíos de dinero de Estados Unidos de América, como ha sucedido en los últimos cinco años; esto es, si dependemos de las denominadas remesas, con las que cada mes —dicen los medios de comunicación— rompemos records. Pareciera que todos los restantes rubros en los que se asentaba la economía de México se han desmoronado, sobre todo, en este año de 2020 con la pandemia; máxime cuando tampoco hay esfuerzos del gobierno mexicano para subsidiar y mantener los sectores que otorgan muchos de los empleos de la nación. Tal es el caso de la industria del turismo, en la que no están solamente las grandes cadenas de hoteles, sino muchos otros que, por ejemplo, viven al día con excursiones, viajes, servicios; todos lo cuales han pasado desapercibidos. En pocas palabras, el sistema los ha dejado a su suerte.

En lo que corresponde a la relación de México con los países de Sudamérica y el Caribe, basta con analizar que no se dice nada desde el palacio nacional de Venezuela, de Brasil o, bien, de Colombia. Lo único que alguna vez permitió ver una luz al final del camino fue la posición que asumió México con el golpe de Estado en Bolivia, al recibir a Evo Morales; con lo que estaba abriendo la esperanza de una mejor imagen de México en el mundo. Pero todo iba tan bien con esa posición mexicana valiente y decidida, que se prefirió —por alguna presión o algún consejo internacional— dar vuelta a la página y hacer que Evo Morales saliera del territorio nacional por la puerta trasera. Por tanto, parece que la no intervención de lo que fue alguna vez la política central del gobierno mexicano se ha convertido en ausencia de diálogo con aquellos países tan cercanos a México, no tanto geográficamente, sino idiomática, cultura, tradicional y económicamente.

La percepción que, de México, puede tener el pensamiento de izquierda en el extranjero es, actualmente, gris y, en ocasiones, negra. Gris, porque, sorprendentemente para nosotros los mexicanos, poco sirve de referencia las elecciones de México en julio de 2018. La apariencia que nos dan es que ganaron, por una mayoría avasalladora, las políticas de izquierda; lo cual debió significar que México fuera referencia de los demás países de que, por la vía democrática, sí se puede obtener una victoria en oposición al capitalismo salvaje y, sobre todo, a las directrices impuestas a los países de la región por Estados Unidos de América. Sin embargo, pasmosamente, esas elecciones no son noticia; tristemente, no son ejemplo de que sí se puede dar una transformación por la vía democrática; y esto se corrobora con lo que ha citado uno de los pensadores de izquierda de vanguardia en Latinoamérica, Boaventura de Sousa Santos, en su obra Izquierdas del mundo, ¡uníos! Ha sostenido que: «John Womack, el historiador de Harvard, […] dijo que AMLO parece de izquierda en Wall Street, pero sólo representa “una reconfiguración de las mismas filas del capitalismo” y no plantea “un cambio verdadero en beneficio del pueblo” […]. No hay posibilidad alguna de que el régimen que terminó el 1° de julio resucite o se reconstruya. El desmantelamiento es profundo y general».

Entonces, esa lapidaria sentencia es una muestra de que algo no está saliendo bien, según la academia internacional de las izquierdas y su percepción de México. Nuestro país no es un referente de algún movimiento de izquierda, como sí lo fue alguna vez el de Bolivia con Evo Morales, el de Ecuador con Correas, el de Argentina con los Kirchner y, desde luego, el de Brasil con Lula da Silva. Aquí «hay gato encerrado» con México, cuando esas las elecciones de julio de 2018 no están configuradas como la brújula del cambio a la izquierda, particularmente, para las naciones latinoamericanas.

Falta mencionar la percepción que la población de a pie latinoamericana tiene de la presidencia de México. Es lamentable que, al parecer, la experiencia de julio de 2018 y los intereses de nuestro gobierno no hayan influido para un cambio o una transformación; la percepción es gris e indignante. Basta saber lo que se dice en las calles de Lima o de Buenos Aires al respecto del gobierno mexicano actual.

Respecto de la relación que hay entre Estados Unido de América y México, ella bien pudiera ser vista desde dos percepciones distintas. La primera, en sentido de que se firmó el T-MEC; además, está la serie de elogios del gobierno de ese país al gobierno mexicano, particularmente, en relación con el combate a la migración de centroamericanos y de los propios mexicanos a esa nación. Estas son muestras palpables de que México está haciendo el trabajo que el gobierno norteamericano desea de él. La segunda cara es la apariencia que hemos dado para la población mexicana y del extranjero. Desafortunadamente, respecto de las últimas administraciones públicas federales, estos son los momentos de mayor servilismo. Hay una lastimosa percepción de que México hace el trabajo sucio de los norteamericanos y, sobre todo, para el pensamiento de izquierda, queda claro que este país ha renunciado a seguir ese camino; pues bastaría con saber qué es lo que sucedió, por ejemplo, con las relaciones de aquel país y los países que se han asumido gobiernos de izquierda. La posición que toma Estados Unidos de América siempre es de rechazo, nunca de agradecimiento ni de colaboración; además, el gobierno de aquel país nunca firmaría un tratado de libre comercio con un gobierno de izquierda. Por ende, lejos de esta corriente están las políticas públicas propuestas en las elecciones de julio de 2018.

Para aquellos que les interesa la historia, bastaría tomar como referencia y observar que un gobierno de izquierda, como fue el de Chile dirigido por Salvador Allende Gossens desde el 4 de septiembre de 1970 hasta la llegada del golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973, duró poco tiempo por la presión ejercida por Estados Unidos de América; presión que apoyó la dictadura de Pinochet desde la embajada del país del norte o con la ayuda que para preparar a la población con el Diario El mercurio. Estas son muestras de la reacción del gobierno de Estados Unidos de América cuando llega un gobierno de izquierda, pues tienen muy en cuenta lo que dejaron suceder en 1959 con Cuba —y, dicho sea de paso, en Cuba, estas políticas se transformaron en otra cosa, más por la necesidad de salir del yugo norteamericano que por la propia convicción—. Por ello, el rechazo de gobiernos que osen, simplemente, mencionar políticas públicas de izquierda. Pues bien, con toda esta evidencia, si nos hacemos la pregunta: ¿dónde está México en el panorama internacional?, veríamos que hay mucho por hacer y que la respuesta, por lo pronto, es una pregunta más: ¿está en el panorama internacional?

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