España reporta 832 muertos por coronavirus en 24 horas (Foto: Pierre-Philippe Marcou / AFP)

Felipe Flores Núñez
04/05/2020 , 6:01 pm

Dudas sin culpas

Es un hecho, y una pena también, que por más que los científicos de todo el mundo apostaran su mayor esfuerzo y se esmeraran al extremo para elaborar con prontitud una vacuna contra el coronavirus, ya no daría tiempo para contener el contagio que con patética velocidad avanza, implacable y letal, en el planeta entero.

Es más, sabemos ahora que si bien en el desarrollo de una vacuna debe invertirse en promedio entre 10 y15 años, en un caso excepcional como el que afrontamos, con toda el apoyo científico posible, la vacuna contra el Covid-19 podría estar disponible, por lo menos, hasta dentro de 12 o 18 meses.

Ya para entonces, aunque útil todavía, podría ser demasiado tarde frente a las cifras de defunciones que a manera exponencial se elevan a cada minuto de manera irremediable.

Ante este panorama, resulta difícil comprender cómo es que toda la capacidad científica universal no sea suficiente para contener con prontitud a ese extraño bicho que parece burlarse de la humanidad.

Cómo es y por qué los doctos universales han destinado al paso del tiempo otros muchos descubrimientos, decenas y miles de inventos para satisfacer acaso otras necesidades que, finalmente vemos ahora, no dejan de ser triviales o hasta meramente comerciales, frente a una pandemia como la que nos azota.

Se dice, quizá a manera de vana justificación, que un mal proveniente de un fenómeno tan complejo de la naturaleza como el que parió al llamado coronavirus, no pudo haberse previsto. Es posible que así sea. Imposible acreditarlo ahora.

Pero al mismo tiempo, por igual se afirma que científicamente quizá hubiera sido viable una fórmula, una dosis o un componente, como se le quiera llamar, para generar desde hace tiempo y más ahora en este siglo XXI, una barrera, una capacidad inmunológica básica, capaz de contener y extinguir cualquier tipo de agresión al organismo humano como la que hoy nos invade.

Es muy posible que diga barbaridades. Como quizá nunca antes, expongo con una ignorancia absoluta del tema y, por supuesto, sin fundamento

científico alguno. Tampoco trato de encontrar culpables, eso sería mezquino. Lo hago en tono de reflexión, frustrado tal vez por la impotencia y el temor ante un asecho de consecuencias todavía impredecibles. Usted perdone.

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