
Por décadas, la narrativa de la violencia sexual en México ha tenido un enfoque casi exclusivo en las mujeres (y con mucha razón). Sin embargo, el INEGI revela dimensiones pocas veces discutidas en la esfera pública: el acoso y abuso sexual hacia hombres. Un fenómeno que crece silenciosamente bajo la sombra del estigma, la vergüenza y la falta de reconocimiento institucional.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU), tan solo en el segundo semestre de 2022, más de 1.8 millones de hombres mayores de 18 años fueron víctimas de algún tipo de agresión sexual en espacios públicos del país. Esto se traduce en un promedio de 10,204 casos por día, cifra que supera a la población de muchas localidades del país.
Las formas de violencia más reportadas incluyen intimidación sexual (1.2 millones de casos), seguida por abuso sexual (389 mil), acoso sexual (145 mil) y violación o intento de violación (100 mil). Si bien estas cifras son alarmantes por sí solas, los especialistas advierten que el subregistro es enorme: muchos hombres no denuncian por miedo al estigma, desconfianza institucional o la idea profundamente arraigada de que “a los hombres no les pasa”.
El fenómeno es complejo y se encuentra ligado a la construcción cultural de la masculinidad. La presión social para ser “duro”, “fuerte” y “autosuficiente” convierte a la denuncia en un acto que puede percibirse como una traición a la virilidad. Por ello, la mayoría de los casos no llegan a las autoridades, ni siquiera a círculos cercanos.
Estudios académicos del Colegio de México y de la UNAM han evidenciado que los hombres que son víctimas de acoso en entornos laborales, escolares o comunitarios suelen enfrentarse a burlas, descalificaciones o indiferencia, tanto de instituciones como de sus pares. Esta reacción perpetúa el silencio y normaliza la agresión.
Además, hay una brecha institucional evidente: la mayoría de los protocolos de atención a víctimas están diseñados con un enfoque exclusivo en mujeres, lo cual deja a los hombres sin rutas claras de acompañamiento psicológico, legal y médico. En muchos casos, sus denuncias son minimizadas o desestimadas desde la primera instancia.
La visibilización de esta problemática no pretende desviar la atención de la violencia que sufren las mujeres, sino complejizar el mapa de la violencia de género en el país. La igualdad también implica reconocer que los hombres pueden ser víctimas, y que tienen derecho a atención digna, sin juicio, sin burla y sin estigmas.
El reto ahora es doble: por un lado, romper el silencio desde la sociedad, y por otro, que las autoridades desarrollen políticas públicas incluyentes, con perspectiva de género masculina, capaces de brindar justicia y reparación a quienes, hasta ahora, han sido víctimas invisibles de una violencia que no distingue sexos.







