Fernando Manzanilla Prieto
12/03/2020 , 10:23 am

Estados Unidos: elecciones y primeras lecciones

Como pocas veces, las y los mexicanos estuvimos muy atentos a las elecciones en Estados Unidos y, como era de esperarse, las cosas se complicaron. Independientemente de que en breve el Colegio Electoral confirme el triunfo de Joe Biden, la elección ha dejado ya algunas lecciones que vale la pena comentar:

La primera gran lección es el impacto que tuvo la pandemia en el resultado electoral. Todos los analistas coinciden en señalar que el factor Covid y el pésimo manejo de la emergencia impactaron negativamente el principal activo de Trump rumbo a la elección: su discurso de recuperación de la fortaleza económica de Estados Unidos. En lugar de montarse en el combate frontal a la pandemia, Trump se aferró a su exitosa narrativa “ganadora” y prefirió negar o minimizar el principal problema que, en realidad, enfrentaba la gente: el Covid-19.

Un segundo aprendizaje importante es que, a pesar de todos los errores en el manejo de la pandemia, de las decisiones polémicas sobre temas sensibles como migración, cambio climático y racismo, y a pesar del discurso polarizante y el estilo incendiario de gobernar, Trump no enfrentó un tsunami azul que le diera el triunfo a su rival demócrata de manera contundente. ¿Qué nos dice este dato? Que el trumpismo como fenómeno social y cultural trasciende por mucho la figura política de Trump.

El fenómeno Trump ha despertado viejos sentimientos y se han reabierto añejas heridas subyacentes en lo profundo de la memoria histórica de esa nación. Se trata de un problema de “desunión” que se viene manifestando desde el origen mismo del pacto de civilidad que marcó el inicio de la sociedad democrática norteamericana: la división racial y el desprecio por las minorías. Se trata de un sentimiento que, simple y llanamente no comulga con la idea de igualdad que sustenta la democracia y que enfrentará, como nunca antes, el ganador de la contienda.

Una tercera enseñanza a considerar es el enorme riesgo que representa para una democracia la descalificación a priori del proceso electoral. Hoy, los grandes pilares institucionales de la democracia norteamericana son vistos con sospecha por la mitad de la población. Una buena parte del electorado trumpista “cree”, aunque no se haya exhibido hasta ahora ninguna evidencia, que les robaron el triunfo. Revertir esta creencia llevará tiempo y, sin duda, marcará el principio de un arduo proceso de ajustes al sistema electoral norteamericano.

Finalmente, lo que vimos en Estados Unidos muestra el agotamiento del sistema bipartidista que cada vez exige posturas más extremas y contradictorias para captar el mayor número de simpatizantes. Al parecer, la lógica bipartidista ya no es suficiente para abarcar la riqueza política de un electorado mucho más complejo y dinámico.

En el mundo de hoy, es una aberración creer que ser simpatizante republicano equivale a pensar como Trump, o que ser demócrata implica necesariamente suscribir las posturas de Bernie Sanders o de Elizabeth Warren. Lo que estamos viendo es la incapacidad del sistema de partidos para expresar y dar cauce a las diferentes fuerzas y sentimientos políticos de una democracia que aspira a una realidad que va mucho más allá de un mundo bicolor.

Creo que ha llegado la hora de hacer ajustes a las reglas del juego político norteamericano de la mano de un amplio proceso de diálogo y reconciliación nacional o, de lo contario, seguirá creciendo la polarización política y social, fracturando aún más la democracia estadounidense.

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