

José Alan Frías ganó la XLII edición del Maratón de la Ciudad de México. El dato, por sí mismo, ya es admirable: ser el primero en cruzar la meta de la prueba más exigente del país. Pero lo verdaderamente conmovedor está detrás del cronómetro. Frías no es sólo un atleta; es un sobreviviente que le ha ganado la partida a la adversidad.
Hace 18 años, por una imprudencia juvenil, decidió escalar una torre de alta tensión. La descarga lo dejó en una silla de ruedas y lo condenó a tres años de inmovilidad. “No movía un solo dedo, mi vida era una cama”, recuerda. La historia pudo haberse quedado ahí, en la tragedia. Pero no. Con la ayuda de su madre y una férrea disciplina, inició un proceso de rehabilitación que lo llevó a recuperar la movilidad y, eventualmente, a convertirse en un corredor de alto rendimiento.
Hoy, además de competir, Frías comparte su experiencia como conferencista. No romantiza su accidente; lo utiliza para advertir a los jóvenes sobre las consecuencias de decisiones apresuradas. Su triunfo en el maratón no es un final feliz, sino un recordatorio brutal: la imprudencia puede destruir una vida, pero la disciplina puede reconstruirla.