Venezuela en crisis

La detención de Nicolás Maduro y el debate internacional sobre soberanía

"Todavía soy el presidente de Venezuela”

5 enero, 2026 12:15 pm

Redacción

La captura de Maduro por fuerzas estadounidenses ha abierto una grieta profunda en la política venezolana y, más aún, en el debate internacional sobre la legalidad, la soberanía y la fuerza. No se trata únicamente del derrumbe de un régimen que gobernó entre elecciones cuestionadas, represión y colapso económico. Se trata del precedente: un Estado poderoso que decide, en nombre de la justicia, intervenir militarmente, capturar a un mandatario extranjero y llevarlo ante sus tribunales.

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En Caracas, el poder no ha cambiado de manos, solo de rostros. Delcy Rodríguez, vicepresidenta y figura central del chavismo, se dispone a jurar como presidenta interina. El Parlamento, controlado por el oficialismo, continúa intacto. Los discursos que hablan de “secuestro” y de imperios se repiten como salmos políticos. Todo indica que el aparato del Estado sobrevive, aunque su líder simbólico haya sido arrancado de escena.

Fuera de Venezuela, el mundo observa con incomodidad. Rusia y China denuncian una operación criminal y una violación flagrante del derecho internacional. Europa pide una transición democrática, pero matiza, duda, calcula. México recuerda, con la memoria larga de América Latina, que la intervención extranjera rara vez ha traído democracia. Estados Unidos, por su parte, niega estar en guerra mientras exige acceso irrestricto a recursos estratégicos. El lenguaje del poder nunca ha sido inocente.

Las imágenes frente al tribunal en Nueva York resumen la tragedia venezolana: de un lado, quienes aún defienden a Maduro en nombre de la soberanía; del otro, quienes celebran su caída como la justicia largamente esperada. Ambos bandos hablan de patria, pero desde heridas distintas. Para unos, la humillación nacional; para otros, el fin de un exilio forzado y de una vida suspendida.

Maduro se declara inocente y elige como abogado a un defensor asociado a causas emblemáticas contra el poder estadounidense. El gesto no es casual: busca instalar su juicio no solo como un proceso penal, sino como un episodio político, casi épico. Sin embargo, el problema de fondo persiste. ¿Puede una democracia construirse sobre la base de una intervención armada? ¿Puede la justicia internacional imponerse sin erosionar aquello que pretende defender?

Venezuela entra ahora en un territorio incierto. La caída de un hombre no garantiza la caída de un sistema, ni mucho menos el nacimiento automático de la libertad. Lo que está en juego no es solo el futuro de un país devastado, sino el sentido mismo del orden internacional. En ese espejo incómodo, América Latina vuelve a mirarse y a preguntarse, una vez más, quién decide su destino y a qué precio.

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