Puebla

La empresa no se hereda, se pide prestada a la siguiente generación

28 enero, 2026 10:07 am
Alex Kasuga

En México solemos decir con orgullo: “Esta empresa es de la familia”, “la heredé de mi padre”, “es mi patrimonio”.

Sin embargo, en Japón los herederos de empresas familiares manejan una idea profundamente distinta. Ellos no se consideran dueños, sino custodios temporales. Existe un principio no escrito que guía su actuar:

“La empresa no me pertenece. Me fue prestada por mis antepasados para entregarla mejor a la siguiente generación.”

Este pensamiento cambia por completo la manera de dirigir un negocio. No se trata de explotar la empresa mientras se pueda, sino de protegerla para que continúe existiendo dentro de 50, 100 o incluso 300 años.

Tuve el honor de confirmar esta filosofía cuando conversé con el décimo quinto sucesor de la empresa Gekkeikan, Taiki Okura, actual vicepresidente de esta histórica casa productora de sake fundada en el año 1637.

Más de 380 años de historia. Quince generaciones al frente. Sobrevivieron guerras, terremotos, crisis económicas y pandemias.

Cuando le pregunté cuál era el secreto para que su empresa hubiera durado tantos siglos, su respuesta fue sencilla pero poderosa:

“Yo no soy el dueño de Gekkeikan. Soy un administrador temporal. Mi responsabilidad es entregarla más fuerte de como la recibí.”

Esa frase encierra una filosofía completa de vida empresarial.

En Japón, muchos empresarios no toman decisiones pensando únicamente en la utilidad del trimestre o del año, sino en la supervivencia de la empresa a largo plazo. Se preguntan constantemente:

¿Esta decisión fortalece o debilita a la empresa para la siguiente generación?

¿Estoy cuidando la reputación que mis antepasados construyeron?

¿Estoy dejando una organización mejor de la que recibí?

Por eso existe otro principio muy repetido entre empresas longevas japonesas:

“No pienses en ganar dinero hoy, piensa en existir dentro de cien años.”

Esto influye en todo: en cómo se trata a los clientes, en cómo se forma a los empleados, en cómo se manejan las finanzas y en cómo se elige al sucesor.

No se trata solo de heredar acciones o edificios, sino de heredar valores, disciplina y responsabilidad.

Japón tiene más de 30,000 empresas con más de 100 años de antigüedad, muchas de ellas familiares. Algunas han llegado a la décima, quinceava o incluso vigésima generación.

Este pensamiento está relacionado con el concepto japonés Sanpoyoshi: bueno para el cliente, bueno para la empresa y bueno para la sociedad.

En contraste, en México más del 70% de las empresas familiares no llega a la segunda generación y menos del 10% alcanza la tercera.

Tal vez una de las razones es que vemos a la empresa como algo que se posee, no como algo que se cuida.

El empresario Taiki Okura me dijo una frase que aún resuena en mi mente:

“Yo no tengo derecho a destruir lo que catorce generaciones cuidaron antes que yo.”

Imaginemos si en nuestras empresas familiares enseñáramos a nuestros hijos no solo a manejar dinero, sino a manejar valores. No solo a mandar, sino a servir. No solo a crecer rápido, sino a durar.

Porque una empresa no es únicamente una fuente de riqueza; es fuente de empleo, estabilidad social, identidad y ejemplo para la comunidad.

En Japón, el verdadero éxito empresarial no es hacerse rico rápido, sino no desaparecer.

Tal vez hoy conviene hacernos estas preguntas:

¿Estoy construyendo una empresa para venderla o para trascender?

¿Pienso en mis utilidades o en mis nietos?

¿Estoy dejando una organización mejor de la que recibí?

La lección japonesa es clara:

“No somos dueños de nuestras empresas. Somos puentes entre generaciones.”





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