La nueva utopía

Anatole France y Nietzsche bendecían el caos. Para ellos la confusión y el desconcierto de los tiempos de crisis dejaban en suspenso todas las reglas establecidas, y era la oportunidad para que los mesiánicos y los héroes se quitaran de encima la pesada carga de la rutina, rompiendo moldes para proponer un nuevo reino.

Lamentablemente, como escribió magistralmente Luis Maggi en una revista que disfruté leer en los años 90, “… las secuelas de las crisis del Siglo XX solo trajeron opresión y devastación”. La muerte de DIOS, que proclamara el filósofo alemán, no resucitó la inocencia de los sentidos ni mucho menos despertó la conciencia superior, ni tampoco parió al superhombre.

El sueño igualitario de Marx y el reino de la razón distributiva al que aspiraba no dio resultados. La vulgarización de los sueños filosóficos y de las utopías sociales del Siglo XIX acabó por gestar la atea religiosidad del comunismo y la mesiánica irracionalidad del energúmeno del Tercer Reich.

Después de la hecatombe de la segunda guerra mundial, el mundo sobrevivió dividido por las tres hegemonías victoriosas, sometiendo a los pueblos derrotados a medidas draconianas que exigían sudor y lágrimas. La guerra fría entre la URSS y el bloque Occidental liderado por los Estados Unidos de Norteamérica dio como resultado momentos de tensión constantes, como lo fue el caso de los cohetes balísticos que Krushev mandó a Cuba y que sólo por la férrea decisión del Presidente Kennedy se regresaron, y se evitó con ello lo que parecía ya la tercera guerra mundial.

Con la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 se confirma el desplome no solo de la URSS sino del Socialismo y del mal llamado comunismo, que nunca se implantó pese a la ideología revolucionaria de Vladimir Lenin en Rusia. Fue una dictadura férrea, no del proletariado sino de la burocracia imperante. Pero también fue la piedra de toque del inicio del neoliberalismo y la globalización con Reagan y Margaret Thatcher, en donde el mercado, su nuevo dios oficiante, encumbró a dos diosas: la productividad y la competitividad, que son las que rigen la vida de los pueblos en base a la eficiencia, que es la fiebre de la actitud. El catecismo laico del consumo y la tecnología que prometieron el paraíso de la abundancia solo ha dejado pobreza y aniquilamiento de los ecosistemas. Nos ha dejado en las arenas movedizas de un mundo ecológicamente desbastado y violento, con explosivas desigualdades, sin garantías ni modelo racional de futuro. La razón que quiso aniquilar la dimensión espiritual humana con el dios mercado nos ha legado por paradoja, un panteón de divinidades monetarias, creencias irracionales y extraños cultos.

La eficacia es su panacea, la que nos sacará de la confusión y el caos. En este nuevo desorden mundial, los hombres debemos declinar nuestro espíritu y someter nuestra voluntad a los sistemas. No se trata de organizar la sociedad productiva a nuestro servicio sino de que nosotros nos adaptemos a ser peones de un escenario de competencia feroz, entre sistemas autónomos, sean estos, empresas, países o bloques económicos. Hemos creado monstruos que devoran el ecosistema, agotan recursos indiscriminadamente y serán insostenibles en el futuro. La reconversión de las industrias destructivas, única forma de detener el efecto invernadero, implicaría una dramática reducción de los niveles de empleo. Los sistemas productivos, financieros, sociales y políticos que deberían desaparecer apuestan por una huida hacia adelante.

La productividad tecnológica está generando una eficacia antihumana y antinatural. Los robots pueden acabar fabricando productos para robots, y nosotros nos estamos quedando fuera del futuro por los imperativos de la competencia. La cara oculta de esta nueva utopía puede ser metálica o de silicona, pero no tiene rostro humano.

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