Jorge Jiménez Alonso
10/26/2020 , 9:05 pm

La vida por decreto

El domingo 25 de octubre volveremos a cambiar nuestro horario, retrasando una hora el reloj para iniciar en la mayor parte de la República el llamado horario de invierno, que por decreto del entonces Presidente Ernesto Zedillo seguimos desde el año 1996. Una vez más volveremos a escuchar las voces oficiales que nos hablan del “ahorro de energía” para beneficio de todos. ¿Será?

Siempre lo he dudado y no considero real el argumento esgrimido oficialmente por las autoridades. Para una mejor comprensión de esto, basta recordar históricamente, cuando el entonces Jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador le exigió al Presidente Fox no acatar el cambio de horario y permanecer con el horario natural, que es el llamado “de invierno”.

Y es que no hay ahorro de energía, pues a partir del domingo 25 de octubre el sol sale hasta las 6:30 de la mañana, y para los que nos paramos temprano se requiere entonces tener las luces prendidas para realizar nuestras actividades, y eso multiplicado por cientos de miles de personas que se van al trabajo o realizan deporte u otras actividades, aumenta necesariamente el consumo de energía eléctrica.

La realidad es diferente. Los cambios de horario obedecen fundamentalmente a razones económicas del mercado, y para nosotros, la homologación con los horarios de nuestros vecinos del norte, para así llevar a una práctica uniforme las transacciones financieras y comerciales. En otras palabras, cambiamos salud por economía.

En efecto, estos cambios de horario, sobre todo el llamado “de verano”, en donde adelantamos el reloj una hora, tiene como consecuencia alteraciones en nuestros hábitos, alterando nuestro sueño y forzando al organismo a un sobredesempeño, que a la larga ocasiona estrés, cansancio, irritabilidad y alteraciones gastrointestinales. Esto está debidamente documentado por infinidad de asociaciones médicas; pero eso es lo de menos, lo que importa es seguir febrilmente rindiéndole culto al dios mercado. Basta un decreto y asunto arreglado.

Estamos en los tiempos de los decretos. Por decreto se acabó con el neoliberalismo, dijo el Presidente. Por decreto estuvimos en confinamiento en nuestros hogares por seis meses. Por decreto el semáforo epidemiológico es rojo, naranja o amarillo. Por decreto solo ciertos negocios pueden abrir sus puertas y con solo el 30 o 60% de ocupación. Por decreto no celebraremos las festividades de todos santos y por decreto las escuelas tendrán actividades presenciales hasta el próximo año.

Por decreto no estamos en contingencia, sino en emergencia sanitaria y con esto los empleadores tuvieron que cerrar negocios y pagar los salarios a su personal, contrario a lo establecido en el artículo 42 bis, de la Ley Federal del Trabajo. Al final, desde luego agravado por la pandemia, la libertad personal del ciudadano se está viendo acotada paulatinamente por la llamada “razón de Estado”, que al decir de Maquiavelo es solo “la voluntad del Príncipe”, recordando con esto a Luis XIV: “El Estado soy yo”.

Si analizamos estas ironías con detenimiento y sentido crítico en verdad, resultará que al final, nuestra felicidad o infelicidad como personas dependerá del Estado, por decreto. Espérense a ver cómo queda la miscelánea fiscal y menuda sorpresa nos llevaremos los mexicanos de bien. Por una parte “abrazos y no balazos” y por otra el SAT como big brother, fiscalizando tus propiedades hasta con fotografías y drones.

En otras palabras, ¡LA VIDA POR DECRETO! ¿Y quién tiene esa facultad constitucionalmente? Sí, lo adivinaste: el Presidente de la República.

GRACIAS PUEBLA. Te recuerdo: “LO QUE CUESTA DINERO VALE POCO”

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