Dr. Silvino Vergara Nava
05/23/2020 , 8:30 am

Maestra y maestro, especie en peligro de extinción

“El título de maestro no debe darse sino

al que sabe enseñar, esto es al que enseña

a aprender; no al que manda aprender o indica lo

que se ha de aprender […]”.

Simón Rodríguez

 

Este día del maestro (15 de mayo de 2020) pasó prácticamente desapercibido a causa de muchos factores, principalmente, este letargo de la pandemia, que cada día es más desesperante y cuyo fin no se ve. Sin embargo —tal cual han sostenido los medios—, así como los médicos, enfermeras y demás personal de los hospitales están salvando vidas y protegiendo la salud de las personas, encontramos a otras mujeres y hombres que están salvando a las generaciones más jóvenes, niños y niñas; quienes, desafortunadamente (como ha sucedido en todos estos últimos tiempos), son personajes olvidados por la sociedad o, muchas de las ocasiones, incluso vituperados. Pero son esas mujeres y esos hombres que, en estas últimas semanas, están salvando los ciclos escolares por medio más de milagros académicos y de ingenio magisterial que gracias a las múltiples plataformas de los medios tecnológicos de la información, esas que muchos de estos profesores ni sabían que existían y que ahora surgieron sorpresivamente como si fueran aquellos medicamentos que nadie requería hasta que salió esta maldita enfermedad.

Justamente con esta pandemia, parece haberse dado un paso para que la maestra y el maestro se encuentren realmente en peligro de extinción; pues pudiera ser que en unos años o décadas —eso dependen de muchas circunstancias— sean esas tecnologías de la información las que sustituyan a los profesores de carne y hueso y, por ende, sean estos sistemas de información los que, con el uso de videos, pantallas, textos, imágenes, acaben con el clásico pizarrón y gis; los cuales, incluso, ya en muchas escuelas y universidades, se han sustituido por lo menos con pantallas electrónicas y por equipos de cómputo.

Los exámenes y las evaluaciones digitalizados, calificados por un software, puede ser el camino que esta educación tecnología esté delineando en algún tiempo. De esa forma, la clase dejará de ser “artesanal”, es decir, dejará de depender de la capacidad y vocación del profesor y se generalizará en un mismo estándar, el del software que las instituciones educativas adquieran. De esa forma, sea presencial o remota, las clases tendrán la misma calidad para todos los alumnos y se acabará lo que sucede en algunas universidades: inscribirse donde algún profesor determinado o profesora determinada esté impartiendo la clase.

Para las instituciones educativas que no han humanizado la educación, sino que la han burocratizados o mercantilizado todo suena muy bien; ya no se lidiará con los profesores sus prestaciones y conflictos laborales, con los problemas entre maestros y maestras, entre éstos, alumnos y padres de familia. Por tanto, solamente habrá altos ejecutivos que atenderán a los padres de familia y a los alumnos como verdaderos clientes de las instituciones, algo así como quien acude a la recepción de un hotel o a una agencia de vehículos.

Los primeros pasos para encaminar el rumbo de este peligro de extinción ya se habían dado desde hace algunos años, pues a los profesores y las profesoras, en muchos lugares (instituciones, escuelas y universidades), ya no se les llama de esa forma, sino que se les denomina “instructores” o, peor aún, “facilitadores”; lo cual evoca la idea de que el conocimiento que transmiten a los alumnos —los que, por cierto, ya no son denominados así, sino “participantes”— es meramente técnico, operativo, procedimental, uno que —a decir de N. Chomsky— lo único que hace es “discapacitar” las mentes de ambos, tanto de la profesora y del profesor (ahora “facilitadora” o “facilitador”) como de aquel, peyorativamente, denominado “participante”  —por cierto, curiosamente un término neutro: ni femenino, ni masculino—.

Y es que, desde hace ya mucho tiempo, la educación del mundo occidental (desde luego, México no es la excepción ni, mucho menos, nuestras desmerecidas autoridades educativas, que han marchado a lo largo del tiempo por esos cargos sin poder transformar la educación, sino, por el contrario, incapacitándola) se ha vuelto meramente procedimental y operativa. Por ello, la educación que se brinda en las escuelas, universidades e instituciones no invita a que los estudiantes se vuelvan sujetos reflexivos, críticos, pensantes, en los que despierte la curiosidad por la investigación, por escudriñar y buscar más de lo que la profesora o el profesor les brinda en la clase o, bien, lo que el software les dicta; pues al transformarlos, ya no en alumnos o estudiantes, sino en “participantes” (incluso, ya denominados así en las plataformas digitales donde hoy, penosamente, se está dando el intento de las clases de este ciclo escolar), los vuelve sujetos pasivos, como lo es un simple consumidor, esperando a que se le informe, se le dis-capacite, se le instruya, tal y como lo sostenía Paolo Freire, bajo una educación totalmente bancarizada, en donde a los alumnos se les tiene como un banco de datos en donde se depositan más y más información para que sea memorizada, pero nunca procesada. Por ello, el camino que está trazando la humanidad con la educación digital, gracias a esta espantosa pandemia, es ponerla por los suelos y, sobre todo, poner a la maestra y al maestro de carne y hueso en peligro de extinción.

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