(Photo by Ahmad GHARABLI / AFP)

AFP
03/18/2020 , 9:43 am

Para los habitantes de Jerusalén, el coronavirus es “peor que la guerra”

Jerusalén.- Muni Abu Asab, un palestino que vive en la Ciudad Vieja de Jerusalén, ha conocido cinco guerras, pero este coronavirus, que cerró calles, comercios y templos en su amada urbe, “es nuevo y peor”.

“Viví todo”, dice Muni Abu Asab, un hombre de 56 años, con espeso bigote y ojos claros, refiriéndose a la Guerra de los Seis Días (1967), la guerra del Kippur (1973), la Guerra del Golfo (1991) y dos Intifadas (sublevación palestina contra la ocupación israelí).

“Pero 2020 es el peor año de mi vida”, agrega este empresario turístico que pasa sus jornadas gestionando las anulaciones de decenas de clientes, después de que Israel decidió prohibir la entrada de las personas procedentes del extranjero para combatir el nuevo coronavirus.

Por ahora, se han registrado 427 casos de personas contaminadas en Israel y 44 en los territorios palestinos.

Israel, que administra la Ciudad Vieja desde su anexión en 1967, no reconocida por la ONU, prohibió todos los desplazamientos no esenciales.

En las callecitas milenarias de Jerusalén, donde de cada día deambulan miles de turistas, los vendedores de cerámicas, camisetas y tapices se quedaron sin clientes y la mayoría decidió cerrar las tiendas.

“Durante la Intifada, aunque había que privarse de muchas cosas y los turistas escaseaban, la situación era menos mala”, dice Munib Abu Asab.

De 2000 a 2005, la segunda Intifada incendió Israel y los Territorios Palestinos con sangrientos atentados suicidas palestinos y una mortífera represión israelí.

“Hoy no hay ningún turista. Tengo cuatro empleados y al final del mes quizás queden solo dos, no puedo pagar cuatro salarios”, dice.

El “coronavirus me mata”, agrega fatalista.

Ciudad muerta

Más de tres millones de turistas visitan cada año Jerusalén y la Ciudad Vieja, epicentro del monoteísmo, con menos de un menos de un kilómetro cuadrado, es una etapa obligatoria.

Tzoghig Karakashian festejó ese año el centenario del negocio familiar de venta de cerámicas, instalado desde el primer día de su existencia en la Ciudad Vieja de Jerusalén.

Los empleados del negocio preferirían quedarse en su casa para evitar al máximo la epidemia, pero la propietaria de origen armenio no se decide a cerrar a pesar de la ausencia de clientes.

“No vi un solo cliente hoy”, suspira Tzoghig Karakashian. “La Ciudad Vieja es una ciudad muerta, ¿para qué iba a venir la gente? todo está cerrado”, dice.

“El nuevo coronavirus afecta a la gente psicológicamente, teme arriesgarse, poner en peligro su salud. Durante la Intifada era completamente diferente”, dice a la AFP.

Su hermano, Moses Aintablian, vendedor de iconos, va más lejos. “Sabemos como es la guerra, que tarde o temprano termina, pero un virus… Nadie sabe lo que puede pasar”, dice en la puerta de su negocio vacío no lejos de la iglesia del Santo Sepulcro.

Construida donde se habría producido la crucifixión, la sepultura y resurrección de Jesús, la iglesia está habitualmente colmada de fieles que besan, a veces en lágrimas, el sepulcro cubierto por una losa de mármol.

Para ingresar, en tiempos normales hay que esperar por lo menos un hora, en tiempos de nuevo coronavirus apenas se necesitan tres minutos.

La explanada de las Mezquitas, tercer lugar santo del Islam y el Muro de los Lamentos, lugar de oración más sagrado del judaísmo, etán tan vacíos como el Santo Sepulcro.

Peligro invisible

Para los turistas que llegaron antes del endurecimiento de las restricciones, o recién salidos de la cuarentena de 14 días, es una oportunidad única.

“Nos encanta que haya tan poca gente. Pudimos visitar la Ciudad Vieja en forma mas minuciosa que en tiempos normales”, dice un estadounidense del estado de Arizona.

Detras del mostrador de su panadería, llena de pasteles, Mansur Shawar, está más bien amargado.

Al igual que su hermano, aburrido al lado de la caja, mira la calle desierta y espera, en vano.

“¿Qué más podemos hacer?”, pregunta.

Mansur Shawar recuerda la Guerra del Golfo, durante la cual “la gente salía a la calle para ver la caída de los misiles”. Y también las dos Intifadas “cuando el pueblo en la calle pedía más libertad y no tenía miedo de la muerte”.

Pero el coronavirus “es peor que la guerra, es más peligroso: se combate contra algo desconocido. Invisible”, dice fatalista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *