Silvino Vergara
10/26/2020 , 10:16 pm

¿Qué hora es?

«—¿Qué hora es?

—La que ud. diga,

señor presidente».

Anécdota histórica sobre Porfirio Díaz

 

Este tercer fin de semana de octubre de 2020, se modificó, nuevamente, el horario en el territorio nacional para la mayoría de los Estados (con la salvedad de algunos, como Quintana Roo). Modalidad que se creó en los tiempos del presidente Carlos Salinas de Gortari para demostrar la apertura de México al mundo; pero, principalmente, para ajustarse a las órdenes mundiales de los cambios de horario.

La leyenda urbana siempre ha sostenido que ese cambio de horario es un ahorro de energía eléctrica, y los que están a favor se esfuerzan por probarlo; pero el sentido común de la gran masa de la población sostiene lo contrario, aunque no tenga la necesidad de probarlo: que, más que un ahorro, es una imposición mundial y que en los recibos de energía eléctrica no se visualiza ningún ahorro o, por lo menos, si el ahorro es gubernamental, tampoco hay algún subsidio para el pago de la energía eléctrica proveniente de ese ahorro. Lo que es peor, la gran cantidad de la población tiene que salir a trabajar o a realizar sus actividades (desde las primeras horas de la mañana) con la penumbra y el alto riesgo de algún asalto por la falta de iluminación en las ciudades del territorio nacional.

En los tiempos en que el titular de esta administración pública federal era el jefe de gobierno de lo que ahora es Ciudad de México propuso que en el extinto Distrito Federal no se hiciera uso del horario con el que el gobierno federal se había comprometido de respetar. Lo cierto es que tal propuesta nunca avanzó y se estancó lo que significaba no respetar el cambio de horario de verano (que es el horario no natural del país). En las propias campañas electorales de la denominada «Cuarta transformación» del 2018 se puso en la mesa del gran público electoral la procedencia del cambio de horario, pero, con lo que está sucediendo en estos días, y cuando la administración pública federal actual está a casi la mitad de su mandato, aquella propuesta de campaña electoral no se cumplirá en esta administración pública federal. Por ende, no hay cambio y las cosas se mantendrán en las mismas condiciones de hace años.

Esta serie de reclamos de la actual administración pública federal respecto al cambio de horario (reclamos que, finalmente, no han significado nada), no es otra cosa sino la prueba clara de que estamos lejos de los tiempos cuando el poder político de las naciones estaba sobre todas las cosas de un determinado territorio. Hoy, este simple ejemplo es muestra de que el poder económico es el que se encuentra por encima de los gobiernos de las naciones; razón por la que al poder económico se le ha denominado «poderes salvajes» o «incontrolables», porque no hay poder humano, ninguna nación, que puedan estar sobre ese poder económico. Una de sus características es que resulta global, es decir, gobierna no sólo a una nación, sino que dicta las pautas para varias. Por ende, en algunas implementa ciertas medidas imposibles de cumplir por ellas; lo cual implica que tales naciones no puedan sacar de la pobreza a sus nacionales, menos, puedan tener un mejor nivel de vida; algunas otras, por alguna razón, acaban en voluntades particulares, que dan permiso a los gobiernos para contar con flexibilidades que los «ayuden» (si logran los cambios y las modificaciones que se requieren) para un mejor nivel de vida de sus poblaciones. Este fenómeno, desde luego, es parte de la globalización.

Al respecto, para algunos, la globalización es mejor que el localismo. Por ello, hay dos polos opuestos ante la globalización: los «globalifóbicos» y los «globalifílicos», es decir, los que están en contra de la globalización y los que están a favor de ella. En el caso de estos últimos, son los que consideran que es necesaria una Constitución global que abarque a todas las naciones. Con lo que —dicen— se podría controlar los poderes económicos, que son los que tienen bajo su gobierno a muchas naciones por medio de las deudas públicas e imponen, en los sistemas jurídicos, medidas, como el cambio de horario y muchas más, para tenerlas sojuzgadas y estén imposibilitadas de crecer por ellas mismas. La muestra del cambio de horario es un ejemplo muy claro de lo que está sucediendo en el mundo: ni siquiera el cambio de horario de una nación lo pueda controlar su propio gobierno, es decir, es una evidencia de que éste ya está sobrepasado.

Por ello, la frase que se le achaca al general Porfirio Díaz a principios del siglo XX, pese a ser de tiempos distintos a los que nos corresponde vivir, esté vigente, con la salvedad de que a la pregunta de «¿Qué hora es?» ya no se respondería «la que ud. diga, señor presidente», sino «la que ud. diga, poder económico mundial».

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