
Trump endurece presión y Cuba responde con soberanía y desafío
Redacción
La retórica volvió a subir de tono entre Washington y La Habana, y no es un detalle menor. Cuando Donald Trump afirma que la relación histórica entre Venezuela y Cuba —sostenida por petróleo, dinero y lealtades políticas— “llegó a su fin”, no está describiendo solamente un cambio geopolítico: está lanzando una advertencia con vocación de ultimátum. Y Cuba respondió como suele hacerlo cuando se siente acorralada: con soberanía, épica y resistencia.
El presidente cubano Miguel Díaz-Canel no tardó en contestar. “Nadie nos dicta qué hacer”, dijo, y recordó que la isla lleva 66 años bajo presión de Estados Unidos. El mensaje fue claro: Cuba no se asume como agresora, sino como víctima histórica. No amenaza, se prepara. La frase final —“hasta la última gota de sangre”— no es retórica improvisada; es parte del lenguaje político de un régimen que entiende la confrontación como identidad.
Trump, por su parte, habló en el tono que mejor domina: el de la ruptura total. Desde su red social aseguró que Cuba ya no recibirá “ni petróleo ni dinero” de Venezuela. Cero. Punto. Afirmó, además, que La Habana había sostenido al régimen venezolano a través de servicios de seguridad y que ese capítulo se cerró tras la intervención estadounidense reciente. Incluso sostuvo que muchos de esos agentes cubanos habrían muerto, dando por terminado el rol de Cuba en Venezuela.
Más allá de la veracidad puntual de estas afirmaciones, el mensaje político es inequívoco: Estados Unidos quiere reconfigurar el tablero regional y cortar lo que considera los últimos vasos comunicantes del socialismo caribeño. Trump fue todavía más lejos al decir que ahora Venezuela “tiene a Estados Unidos para protegerla”, una frase que redefine la narrativa tradicional de soberanía latinoamericana y confirma un regreso sin matices a la lógica de zonas de influencia.
La respuesta cubana apela a otro plano: el moral. Díaz-Canel acusó a Washington de no tener autoridad ética para señalar a la isla y de convertir “todo en negocio, incluso las vidas humanas”. Es el discurso clásico, sí, pero no por ello irrelevante. Cuba se presenta como nación sitiada que resiste, mientras Estados Unidos se exhibe como potencia que condiciona, amenaza y presiona.
Trump ha insistido en que Cuba “pende de un hilo”. No es la primera vez que se pronostica el colapso del régimen, pero el contexto actual es distinto. La dependencia cubana del petróleo venezolano fue, durante años, un salvavidas económico y político. Hoy, ese flujo está en disputa. Como apunta la politóloga Carmen Beatriz Fernández, el petróleo fue primero promesa, luego soporte y ahora vacío. Y ese vacío redefine los márgenes de maniobra de La Habana.
La pregunta no es si Cuba enfrenta una crisis profunda —eso es evidente—, sino si la estrategia de asfixia externa producirá el cambio que Washington espera o, por el contrario, reforzará la narrativa de resistencia interna. La historia sugiere lo segundo. La presión sin salida suele fortalecer a los regímenes que se alimentan del conflicto.
Lo que estamos viendo no es sólo un choque de presidentes, sino un reacomodo regional donde el petróleo, el poder y la retórica vuelven a cruzarse. Y, como casi siempre, quienes pagan el costo no son los gobiernos, sino las sociedades que viven entre el desgaste económico y la tensión permanente. En política internacional, los ultimátums rara vez resuelven; casi siempre endurecen.
During a call earlier into the Hugh Hewitt Show, President Donald J. Trump once against threatened to take action against Iran if they attempt to violently quell ongoing anti-government demonstrations, stating that if they kill any protesters, the United States will strike Iran… pic.twitter.com/viEJ5YmmBk
— OSINTdefender (@sentdefender) January 8, 2026






