Redacción A un año del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la relación entre México y Estados Unidos ha entrado en una fase de tensión permanente. No se trata de un rompimiento formal, sino de una dinámica marcada por la presión política, económica y simbólica ejercida desde Washington sobre su vecino del sur. En estos primeros 12 meses, la política exterior trumpista ha vuelto a colocar a México en una posición defensiva, obligándolo a reaccionar ante decisiones unilaterales y amenazas recurrentes. El punto de partida fue el anuncio de nuevos aranceles a México, Canadá y China desde el mismo 20 de enero de 2025. La lógica fue clara: utilizar el comercio como instrumento de control político. México, altamente dependiente del mercado estadounidense, quedó expuesto a una herramienta de presión que Trump ha usado sin matices. La migración y el combate al narcotráfico se convirtieron pronto en los principales ejes de esa estrategia. La cancelación de programas de asilo, las redadas y las deportaciones masivas dejaron a miles de migrantes varados en territorio mexicano. Al mismo tiempo, Washington condicionó la no aplicación de aranceles a una mayor colaboración de México en el control fronterizo. La respuesta fue el despliegue de 10 mil elementos militares en la frontera norte, una decisión tomada bajo la amenaza económica. En paralelo, el tema del narcotráfico escaló. Desde la Casa Blanca se acusó abiertamente a México de mantener una relación permisiva con los cárteles. La extradición de criminales reclamados por Estados Unidos, entre ellos Rafael Caro Quintero, respondió más a una exigencia política que a una estrategia de seguridad integral. Las cifras muestran un aumento de entregas, pero un impacto limitado en la violencia. La agenda bilateral se tensó aún más con la crisis del agua, derivada del tratado de 1944. Trump utilizó el adeudo hídrico como nueva amenaza arancelaria. México alegó sequía y logró una prórroga, liberando 249 millones de metros cúbicos en diciembre, pero el mensaje quedó claro: cualquier flanco puede convertirse en palanca de presión. Hubo también episodios simbólicos, como la polémica por el nombre del Golfo de México, y conflictos comerciales concretos, como el cierre de la frontera al ganado mexicano por el gusano barrenador, con pérdidas millonarias para el sector agropecuario. Finalmente, el aumento en el envío de petróleo a Cuba reavivó fricciones. Aunque el gobierno mexicano negó irregularidades y defendió su soberanía, el tema volvió a mostrar los límites de la autonomía frente a un vecino dispuesto a vigilar cada movimiento. El balance del primer año es claro: Trump gobierna la relación bilateral desde la presión. México resiste, negocia y cede en distintos frentes, sin lograr aún una relación estable ni predecible.