¿Y después, qué?

Me encuentro confinado voluntariamente en mi domicilio, como el 20% de la población mundial. Apenas el martes el Presidente de la República emitió un Decreto ratificando las medidas preventivas acordadas por el Consejo de Salubridad General, ordenando la suspensión parcial de actividades comerciales y labores oficiales hasta el 17 de abril, a excepción de los servicios esenciales, para evitar el contagio por el coronavirus.

Es importante aclarar que aún no se decreta la llamada “contingencia sanitaria”, que nos llevaría a otro escenario más catastrófico que el actual, con la suspensión de actividades laborales en su totalidad, a excepción de los servicios de emergencia, de salud y servicios púbicos necesarios, indemnizando a los trabajadores con un mes de salario mínimo (Artículo 42 bis y 429, fracción IV de la Ley Federal del Trabajo).

Por otra parte, tengo claro que van 421 mil infectados y 18 mil 892 muertos en 185 países; que el epicentro se trasladó de China, donde murieron 3 mil 281 personas, a Italia con 7 mil muertos, donde ahora se ubica la zona cero con 68 mil 176 casos; sé que el tercer lugar de contagio ya es Estados Unidos con 51 mil 542 enfermos y 600 muertos, desplazando a España que tiene un saldo de 42 mil 58 enfermos y 2 mil 991 defunciones. En México tenemos 405 casos confirmados y 6 muertes por la enfermedad pandémica.

Desde luego que es lamentable y trágico lo que está sucediendo por esta pandemia, pero… ¿no se estará exagerando para provocarnos terror y miedo? Vistas fríamente las estadísticas, hay muchos más muertos por enfermedades del corazón en el mundo que las provocadas por el coronavirus (la estadística del 2018 arroja 17.7 millones de personas muertas). En Europa el año pasado murieron 1 millón cuatrocientas mil personas por cáncer; y por diabetes en México, en las estadísticas del 2017 murieron 106 mil 525 personas. Sin embargo, de continuar el confinamiento por un tiempo mayor lo que provocará será la parálisis económica y con ello desquiciar y cerrar millones de pequeñas y medianas empresas, con los consiguientes empleos, interrumpiéndose las cadenas de producción, distribución y consumo, dislocándose la economía y matando de hambre o de depresión a la gente.

Resulta innegable que México es un país en donde la mayoría de su gente en edad productiva vive al día. Más del 60% de la población productiva está en la informalidad y por lo tanto no tienen servicios asistenciales de ninguna clase; no son, por ende, sujetos de crédito bancario y tampoco están en los servicios de bienestar del gobierno, pero ¡tienen que comer!, y si los obligan a aislarse, ¿qué harán?, ¿qué haríamos nosotros en este caso?, ¡buscar alimento a toda costa!

Este es un momento crucial para nosotros y para nuestra supervivencia. El Estado mexicano no tiene el dinero como en los Estados Unidos para entregar mil dólares por varios meses a sus ciudadanos y apoyar con 850 mil millones de dólares a las empresas y a la industria. Nuestro presupuesto es de solo 6 billones de pesos, esto a nivel de gasto es propio de países africanos como Kenia y Zimbabwe. Por lo tanto, tenemos que pensar en otra estrategia más allá del aislamiento, para que el remedio no nos salga más caro que la enfermedad. Japón nos da el ejemplo sin aislamiento obligatorio. Haciendo tests, aislando a los grupos de contagio y estableciendo el distanciamiento social ha logrado contener la pandemia con solo 43 muertos y 1193 infectados.

Considero que cada país actuará en función de su Fe, su Cultura y su Economía, y que nosotros, con las debidas precauciones y medidas de higiene, evitando el contacto directo, y con responsabilidad tendremos que seguir trabajando, produciendo y sirviendo para no morir de hambre o de miedo y soledad. ¡Estamos de pie ante el Covid 19! ¡CON FE EN DIOS Y EN NUESTRA ACTITUD POSITIVA!
Gracias Puebla.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *