Opinión

El reflejo de tu alma

12 enero, 2024 8:00 pm
Eduardo Pineda

Buck Brannaman asegura que “El caballo es el reflejo de tu alma”. No estoy seguro si él se veía a sí mismo en su caballo o si notaba que los caballos conforman la quiralidad del alma de los seres humanos. Pero lo que sí tengo claro es que la relación del hombre con estos colosales cuadrúpedos es antiquísima, podríamos pensar incluso que la especie humana no se entiende sobre la faz de este planeta sin los equinos. Ellos fueron una de las primeras criaturas en ser domesticadas ya sea como medio de transporte, deporte, trabajo, y hasta ganado. Sin embargo, algunas culturas han entendido que los caballos son mucho más que animales de trabajo, han vislumbrado la amplitud de la esencia equina en una conexión interespecífica que deriva en una simbiosis no solo biológica sino espiritual.

En las culturas del norte de América los caballos representan una extensión de los sentidos del hombre, le dan a éste otra altura, otra fuerza, otra velocidad y otra dimensión, han aprendido a respetar su lugar en el sistema del cosmos, se comunican con ellos a través de un vínculo irrompible que da la impresión de ser casi telepático. El jinete piensa en “avanzar” y el caballo avanza, si el jinete está preocupado, enojado, iracundo o en paz, el caballo también lo está, pero, a diferencia del ser humano el caballo no recela, no guarda para sí ninguna emoción, la vive, la observa llegar e irse, cosa que a nosotros nos cuesta trabajo, nos cuesta amistad, familia y en muchas ocasiones nos cuesta la vida lograr.

De manera que los caballos, en su forma de habitar el mundo, tienen mucho qué enseñarnos; la pregunta es si estamos dispuestos a aprender de ellos o seguiremos viéndolos sólo como animales de trabajo.

Para lograr sensibilizarnos respecto a la importancia de los equinos el camino es acercarnos a ellos de una manera diferente, con profunda observación, respetando su espacio y dejándonos observar por ellos en la mayor libertad posible, dándoles permiso de percibirnos, de sentirnos. Desafanándonos del miedo al ver a un ser tan grande acercarse de frente, dejando fluir nuestra energía en una amalgama con la energía del animal que nos invita a dejarnos ir en el brillo de su crin y la fuerza de sus músculos, en la belleza de su anatomía y el ritmo de su trote. El caballo hará el resto, nos invitará a su mundo, nos dará la bienvenida al universo de percepciones y libertad que habita, que ha habitado siempre.

Lograr ese entendimiento y ponerlo en beneficio de los demás es una tarea que requiere paciencia, amor y vocación, Rosario y su equipo lo han hecho realidad en el centro de terapia y aprendizaje asistido con equinos “Mi caballo y yo”, muy cerca de la ciudad de Huejotzingo, Puebla. Ella cuenta con una manada de caballos dispuestos a mostrarnos otra realidad que parece sacada de la ficción, una experiencia en donde ellos se convierten, como decía Brannaman, en el reflejo de nuestra alma. Nos toca a nosotros permitirles esa vinculación, desechar los prejuicios y el miedo, poner a flor de piel los sentidos y dejar que ellos en cada movimiento, resoplido, relinche, trote, caricia, y mirada nos muestren aquello que en ocasiones tememos ver en nosotros mismos.

Rosario es el puente entre dos especies que se conocen desde hace siglos, es un puente que no se ve, que se percibe, que no se soporta en pilares de concreto sino en una comunicación intangible que toca el fondo de la conciencia que parece que vuela entre las patas de los caballos y se diluye y se mezcla en la mirada fija que nos invita a ir más allá de lo que creíamos saber.

Eduardo Pineda

eptribuna@gmail.com





Relacionados

Back to top button