

CIUDAD DE MÉXICO — En los últimos días, las redes sociales fueron atravesadas por una ráfaga de cifras que no solo helaron la sangre, sino que también abrieron las compuertas de la indignación. Una tabla, tan simple en apariencia como brutal en contenido, comenzó a circular con la potencia de un secreto mal guardado. En ella se documentan los 30 nacimientos registrados en México durante 2024 en los que las madres eran apenas niñas —algunas de 10 años—, y los padres, hombres que en muchos casos podrían ser sus abuelos.
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La tabla fue elaborada por una joven analista de datos conocida como @lapankecita, que entre algoritmos y gráficos decidió mirar de frente lo que otros prefieren evitar. Armada con Python, Pandas y Plotly, escarbó en los registros de la Secretaría de Salud (SSA) y lo que halló no fue una base de datos: fue una radiografía del abandono.
En Texcoco, Estado de México, una niña de 10 años dio a luz. El padre tenía 32. En El Oro, en la misma entidad, otra menor de 12 años parió el hijo de un hombre de 65. Los números revelan diferencias de edad que bordean lo impensable: 22, 36, hasta 53 años entre madre e “inscripto como padre”.
Estos no son datos. Son crímenes. No son nacimientos. Son gritos mudos en el acta de nacimiento de un país que tolera lo intolerable.
Las cifras son irrefutables: 3 niñas de 10 años, 14 de 11, 13 de 12. Treinta casos documentados. Pero esos son solo los que dejaron rastro administrativo. ¿Cuántos más fueron sellados en el silencio de una comunidad que llama “usos y costumbres” a la violencia sexual? ¿Cuántas niñas parieron en clínicas rurales donde nadie preguntó nada?
Chiapas y Puebla encabezan la lista. En Ocosingo, una niña de 10 años tuvo un hijo de un adolescente de 17. En Tuxtla Gutiérrez, otra de 11, con un hombre de 32. En Comitán, una niña de 12, con un padre de 30. Y en cada una de esas cifras se esconde una infancia rota, una escuela abandonada, una muñeca sin brazos en una cama vacía.
Las reacciones en redes no se hicieron esperar. “Eso no es una tabla de nacimientos, es una lista de violaciones”, escribió una usuaria. “No es la edad del padre, es la edad del violador”, escribió otra. Y quizás lo más doloroso: “Son niñas, no madres”.
Organismos como la CNDH y UNICEF México han reiterado lo que debería ser obvio: que el embarazo infantil es una forma de violencia, no de maternidad. Que una niña no puede consentir. Que el Estado no puede seguir reaccionando con trámites, cuando lo que se necesita es justicia.
En los registros, las instituciones ven estadísticas. La sociedad ve escándalo. Pero en cada caso, hay una niña con nombre, con voz, con miedo. Una niña que debió estar en la escuela, no en una sala de parto. Una niña que no fue protegida.
Y si las niñas siguen pariendo, es porque los adultos siguen callando.