Opinión

¿Por qué en Japón no hay obesidad infantil y qué podemos aprender en México?

Una realidad contrastante

4 septiembre, 2025 10:00 am
Alejandro Kasuga

Al recorrer las calles de Tokio, Kioto o cualquier ciudad japonesa, es difícil ver niños con sobrepeso. Los pequeños caminan con mochilas grandes, se trasladan en bicicleta o participan en actividades físicas de manera cotidiana.

En contraste, en México, la obesidad infantil se ha convertido en una de las principales crisis de salud pública: más del 35% de los niños entre 5 y 11 años presentan sobrepeso u obesidad, según datos de la Secretaría de Salud. Esta diferencia abismal entre dos países culturalmente tan distintos nos invita a reflexionar sobre los factores que explican el fenómeno y, sobre todo, qué aprendizajes podemos aplicar.

Educación alimentaria desde la infancia

En Japón, la escuela no solo se encarga de transmitir conocimientos académicos, sino también de formar hábitos de vida saludables. Existe el sistema de kyūshoku, o “comida escolar”, donde los alumnos reciben menús balanceados preparados bajo supervisión nutricional. Los estudiantes participan activamente en servir los alimentos, aprender a comer en porciones adecuadas y valorar cada ingrediente.

En México, por el contrario, las cooperativas escolares y el acceso a alimentos ultraprocesados han debilitado este proceso formativo. Aunque existen lineamientos para prohibir comida chatarra en las escuelas, la realidad es que refrescos, frituras y dulces están al alcance de los estudiantes dentro o alrededor de los planteles.

El papel de la familia

Las familias japonesas, aun en medio de un ritmo de vida acelerado, conservan la costumbre de comer en casa alimentos frescos, con porciones pequeñas y balanceadas: arroz, pescado, sopas, vegetales y fruta de temporada. No es casualidad que la dieta japonesa sea considerada una de las más saludables del mundo y esté inscrita en la lista del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO.

En México, las dinámicas familiares han cambiado: la comida casera muchas veces es sustituida por comida rápida, antojitos callejeros o platillos con exceso de grasas y azúcares.

La sobremesa mexicana es rica en tradición y convivencia, pero su contenido calórico es muy distinto al de un almuerzo japonés.

Actividad física como parte de la vida

Otro factor determinante es la actividad física cotidiana. En Japón, los niños caminan largos trayectos hasta la escuela, participan en clubes deportivos obligatorios y se les motiva a mantenerse activos como parte del desarrollo integral. El ejercicio no se concibe como una actividad extra, sino como una extensión natural del día a día.

En México, la falta de espacios seguros para caminar, la dependencia al automóvil y el auge de los videojuegos han reducido significativamente el movimiento de los niños. La educación física, además, suele ocupar un papel secundario en las escuelas.

Cultura de la disciplina y el orden

El trasfondo de todo esto es cultural. Japón fomenta desde la niñez la disciplina, el orden y la responsabilidad compartida. La misma lógica que aplica al servicio al cliente o a la limpieza de los espacios públicos se refleja en la alimentación y en la salud. Comer de más, desperdiciar o no cuidar el cuerpo no solo es un asunto personal, sino una falta hacia la comunidad.

En México, si bien la familia es un núcleo fuerte, la cultura alimentaria gira alrededor de la abundancia y la celebración. Las porciones grandes son símbolo de hospitalidad, y rechazar un plato suele interpretarse como descortesía. Esta visión, aunque positiva desde lo social, tiene consecuencias en la salud.

Políticas públicas y entorno

Japón ha logrado articular políticas públicas coherentes: campañas de salud, educación alimentaria, menús escolares supervisados y espacios urbanos diseñados para caminar o usar la bicicleta. México, en cambio, enfrenta un entorno obesogénico: publicidad masiva de comida ultraprocesada, bebidas azucaradas omnipresentes y falta de infraestructura que fomente el movimiento.

Lecciones para México

No se trata de imitar ciegamente a Japón, sino de adaptar aprendizajes. Algunas acciones clave podrían ser:

  1. Reforzar la educación alimentaria: incluir programas prácticos de nutrición en todas las escuelas, con participación activa de los niños
  2. Recuperar la comida casera mexicana: frijoles, tortillas de maíz, nopales y frutas locales pueden ser tan saludables como la dieta japonesa, siempre que se preparen de manera balanceada
  3. Promover actividad física obligatoria y cotidiana: no solo en la escuela, sino en la infraestructura urbana y comunitaria
  4. Involucrar a la familia: los padres deben ser ejemplo en hábitos de alimentación y ejercicio
  5. Regular la publicidad y venta de ultraprocesados: especialmente en entornos escolares y espacios infantiles

Reflexión final

Japón nos enseña que la salud no depende de una sola medida, sino de la suma de educación, cultura, disciplina y entorno. México tiene la ventaja de contar con una gastronomía rica y nutritiva, y con un fuerte tejido familiar. Si logramos reconectar estos elementos con una visión de salud y responsabilidad social, podremos revertir la tendencia actual.

El reto está en comprender que la obesidad infantil no es un problema de estética, sino de futuro: los niños de hoy serán los adultos que deberán sostener la productividad, la innovación y el desarrollo del país. Si queremos un México más sano, justo y competitivo, necesitamos aprender de ejemplos como el japonés y asumir la corresponsabilidad desde la familia, la escuela, la comunidad y el gobierno.





Relacionados

Le podría interesar
Close
Back to top button