
Redacción
La noticia llegó a cuentagotas, como suelen llegar las peores. Primero el accidente, luego las listas incompletas, después la incertidumbre. Finalmente, la confirmación: el periodista oaxaqueño Israel Enrique Gallegos Soto murió tras el descarrilamiento del Tren Interoceánico en Oaxaca, mientras viajaba en la ruta Salina Cruz–Coatzacoalcos. Tenía nombre, oficio y una vida que quedó suspendida en una curva del Istmo.

Durante horas, Israel fue reportado como desaparecido. No aparecía entre los heridos ni entre los fallecidos. Ese limbo —cruel y angustiante— terminó cuando las autoridades confirmaron que se encontraba entre las víctimas mortales del siniestro. En el tren viajaban más de 240 personas. Varias decenas resultaron heridas, algunas de gravedad. Otras no tuvieron la misma suerte.
Su esposa, que lo acompañaba, fue localizada con vida y trasladada a un hospital de la región. Es una línea de esperanza en medio de la tragedia, aunque las autoridades no han dado mayores detalles sobre su estado de salud.
El gremio periodístico reaccionó como suele hacerlo cuando la muerte toca a uno de los suyos: con tristeza, con solidaridad, con memoria. Colegas y organizaciones recordaron a Israel como un comunicador comprometido, cercano a su comunidad, de esos que hacen periodismo sin reflectores, pero con constancia.
Hoy las investigaciones siguen. Se buscan causas, responsables, explicaciones técnicas. Pero nada de eso devuelve lo esencial: una vida perdida y una familia rota. Y la certeza incómoda de que, a veces, ejercer el periodismo también implica no volver a casa.





