
Víctor Sánchez Espinosa, pastor cercano y humilde
Hombre de Dios, sereno, pastor cercano y humilde; son los rasgos que resumen el perfil del octavo arzobispo de Puebla, José Víctor Manuel Valentín Sánchez Espinosa.
Nacido en Santa Cruz Teotlalco el 21 de mayo de 1950, su infancia transcurrió como la de todos los niños, entre juegos, amigos y travesuras, y siempre destacó su espíritu religioso.
De su niñez, los más grandes lo recuerdan como el chico noble, atento y estudioso de Santa Cruz Teotlalco, en la escuela parroquial, en donde definió su vocación.
Decidido, a los 13 años convenció a sus padres de su vocación e interés de continuar su formación en la ciudad de Puebla, en el Seminario Menor.

Su meta en ese momento era cursar la formación básica para encaminar sus pasos hacia el Seminario Mayor Palafoxiano de Puebla de los Ángeles y asegurar el pase para la licenciatura de Filosofía y Teología.
Fueron años de mucha disciplina, de intensa preparación para ganar las mejores notas.
En sus sueños se visualizaba con el alzacuellos y la sotana negra, orando, muy cerca de la gente, escuchándola.
Culminada su formación, la mañana del 6 de junio de 1977 alcanzó la meta de llegar al altar mayor de la Catedral de Puebla para ser ordenado sacerdote, de manos del sexto arzobispo de Puebla, monseñor Ernesto Corripio Ahumada.
Su dedicación, empeño y promedio académico le dieron la oportunidad, al año siguiente, en 1977, de ser seleccionado para continuar con su formación en Roma, para cursar en el Pontificio Ateneo de San Anselmo la especialización en Sagrada Liturgia.
De su estancia en Europa acumuló valiosas experiencias, como la de aprovechar las vacaciones para trabajar fuera de monasterios y de Roma.

Con emoción y satisfacción recuerda cuando en Alemania tuvo la oportunidad de entrar a trabajar en la planta de Mercedes-Benz, en donde, como obrero, disfrutó conocer el esfuerzo, el día a día de un esmerado trabajador que asume el compromiso de hacer equipo para concretar un proceso.
En 1980, al término de sus estudios en San Anselmo, regresó a México —a Puebla—, al Seminario Palafoxiano, en donde recibió la encomienda de la cátedra para la formación de los futuros sacerdotes.
Simultáneamente, le fue conferida la responsabilidad de la Coordinación de la Dirección Espiritual del Seminario Mayor Palafoxiano.
Para 1980, junto con un grupo de sacerdotes preparados en la misma asignatura, participó en la fundación de la Sociedad Mexicana de Liturgistas, de la cual destacó como secretario durante 25 años.
5 años después, en 1995, el séptimo arzobispo de Puebla, monseñor Rosendo Huesca Pacheco, lo nombró párroco de Nuestra Señora de Ocotlán, al oriente de la ciudad de Puebla.
En ese periodo, el episcopado mexicano le invitó a asumir la responsabilidad de la Secretaría Ejecutiva de la Comisión Episcopal de Pastoral Litúrgica de México, a la que le dedicó 12 años de intenso trabajo.
Desde esta posición colaboró con gran empeño en el Departamento de Liturgia del Consejo Episcopal Latinoamericano.

Su trayectoria cargada de méritos lo colocó ante los ojos del papa Juan Pablo II como una pieza idónea para cumplir con las tareas de obispo auxiliar de México.
Su consagración tuvo lugar el 26 de marzo del 2004 en la Basílica de Santa María de Guadalupe, de manos del arzobispo primado de México, Norberto Rivera Carrera.
En su larga trayectoria destaca la responsabilidad con que fue distinguido como vicario general de la Arquidiócesis Primada de México.
Miembro de la Comisión Episcopal Pro Colegio Mexicano en Roma del 2004 al 2009.
Representante de la Provincia Eclesiástica de México.
Presidente de la Sociedad Mexicana de Liturgistas del 2006 al 2008.
En 2007 fue elegido secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano.
El 5 de febrero del 2009, su vida tomó un nuevo curso al recibir la notificación personal del papa Benedicto XVI, que lo designó como el octavo arzobispo de Puebla, cargo para el que tomó posesión canónica 2 meses después, el 2 de abril, ante una concentración multitudinaria en el estadio Cuauhtémoc.
2 meses después, el 29 de junio del mismo 2009, en solemne ceremonia en la Basílica de San Pedro en Roma, recibió de manos del papa Benedicto XVI la imposición del palio arzobispal.

A lo largo de su ejercicio eclesiástico ha sido distinguido con innumerables reconocimientos:
En 2016, el Club Primera Plana le entregó el premio Ricardo Flores Magón, por su contribución a la tolerancia religiosa.
En 2017, el Centro de Pastoral de Liturgia de Barcelona le entregó el Memorial Pere Tena.



