Opinión

Cómo llevar la ciencia a los pueblos originarios

19 enero, 2026 2:21 pm

Eduardo Pineda

El presente texto podría resumirse en una sola frase: “La lectura del mundo precede a la lectura de la palabra”. Es una sentencia del filósofo de la educación Paulo Freire que me parece muy clara y distinta a cualquier otra forma de entender uno de los actos más humanos que existen: leer.

Pero ¿qué es leer el mundo y por qué ello es anterior a la lectura de la palabra? Me parece que la respuesta la podemos encontrar al reflexionar sobre los saberes locales de los pueblos originarios, la intuición de los seres humanos y los sentidos comunes que no devienen de un proceso educativo de los llamados “formales”, sino de la vida cotidiana, de la herencia de los conocimientos ancestrales y de la práctica diaria del fenómeno de habitar un territorio.

En este proceso continuo de habitar, los seres humanos leemos los objetos, los sujetos y los acontecimientos que ocurren de forma habitual; procedemos mediante la pregunta a intervenir desde la inteligencia y aprehendemos (así, con “h”) los saberes que resultan de tal acción. De manera que aprehender —es decir, hacer parte de nuestra conciencia la realidad tangible e intangible— y aprender —recibir información o adquirir una habilidad y reflexionar al respecto— es algo que hacemos de forma natural por el simple hecho de nacer como Homo sapiens.

Así, Paulo Freire explica, a lo largo de su obra, que la lectura del mundo ocurre aun en el analfabetismo, pero enfatiza la imperativa necesidad de la lectura textual como una forma de compartir la imaginación, el conocimiento y la manera de habitar el mundo de los otros. El sentido de la otredad y la importancia de la interacción entre pueblos y entre diversos tiempos es, para el pedagogo de habla portuguesa, una de las formas más acabadas y mejor estructuradas de educación, pues se trata de compartir culturas, cosmovisiones e interpretaciones de la realidad; práctica que puede resumirse como un diálogo de saberes.

Por ello resulta trascendente para toda persona aprender a leer y mantener el quehacer lector durante toda la vida. Paulo Freire fue un luchador social, además de intelectual y autor de múltiples obras, que se preocupó por explicar la necesidad humana de leer para la conformación de sociedades realmente libres. Apostó a la educación como una práctica liberadora, como una práctica de amor hacia los estudiantes.

El libro-objeto constituye la herramienta por excelencia para la difusión de los contenidos textuales; sin embargo, no es la única. En el siglo XXI, el libro digital está en boga y, utilizado correctamente, puede ser un apoyo conveniente en el proceso educativo. No obstante, el libro-objeto continúa encantando a generaciones que valoran también el peso histórico y simbólico del papel y la tinta. De ahí la necesidad urgente de conformar colectivos dispuestos a enarbolar la práctica de la lectura y la creación de textos para construir pueblos educados en el arte de pensar e imaginar por motu proprio, alejados del adoctrinamiento alineado a intereses de poderes fácticos.

Al respecto, Rubén Darío definía: “El libro es fuerza, es valor, es poder, es alimento; antorcha del pensamiento y manantial del amor”.

Por otra parte, la creación artística es fundamental en la formación del ser humano y en la conformación de sociedades libres, autónomas y satisfechas. El arte no es privativo de las clases acomodadas ni de los sectores con mayor nivel académico. Es un derecho humano, una actividad esencial de supervivencia y una característica distintiva de nuestra especie. Una persona negada al arte es una persona mutilada en su experiencia y esclavizada a una animalidad desprovista de verdadera humanidad.

Diego Rivera aseguraba que el arte produce fenómenos fisiológicos precisos, necesarios para la vida humana, y que el papel del artista es el de un nutridor, como el de los agricultores. Desde esta perspectiva, se vuelve imprescindible repensar la jerarquía de necesidades humanas y reconocer que la sensibilidad, la imaginación y la apreciación de la belleza son tan relevantes para el equilibrio del organismo como los nutrientes básicos.

Surge entonces la pregunta sobre si los aparatos de gestión educativa consideran estas dimensiones como prioridad o si quedan relegadas a los márgenes presupuestales de las administraciones públicas.

En lo tocante a la espiritualidad, el desarrollo de la conciencia, la ética, las creencias y los ritos son rasgos inherentes al ser humano, independientemente de su oficio o nivel académico. Tanta fe tiene quien reza a la Virgen de Guadalupe como quien parte de axiomas matemáticos para demostrar un teorema.

Todo lo anterior conduce al núcleo de este texto: la comunicación de la ciencia en pueblos originarios. No se trata de “divulgar”, término que implica un proceso vertical y colonizador, sino de comunicar, es decir, establecer un flujo horizontal de conocimiento basado en el intercambio, el reconocimiento del otro y el aprendizaje mutuo. Comunicar la ciencia implica aceptar que todo conocimiento es parcial y contextual, y que en la diferencia reside su riqueza.

Por ello, quien comunica ciencia debe comprender el contexto, la historia y la realidad del territorio donde se desarrolla el diálogo. La divulgación en medios masivos es válida y necesaria, pero en el caso de los pueblos originarios es fundamental evitar el extensionismo y apostar por el intercambio respetuoso de saberes.

Entender esto nos permite transitar, como decía Paulo Freire, de la pedagogía del oprimido a la pedagogía de la esperanza.





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