
Cuando la tierra tiembla: lo que México puede aprender de Japón
Alejandro Kasuga
Hace unos momentos, muchos de nosotros sentimos cómo la tierra se movía. Un sismo que nos sacudió el cuerpo… pero también las emociones. En cuestión de segundos, el corazón se acelera, la incertidumbre aparece y recordamos una verdad incómoda pero inevitable: no tenemos el control absoluto de todo.
México es un país sísmico. Vivimos con esa realidad desde hace generaciones. Sin embargo, cada vez que ocurre un temblor, el impacto no solo es físico, sino también emocional y social. El miedo se apodera del ambiente, los recuerdos de tragedias pasadas resurgen y, por un instante, todos parecemos volvernos conscientes de nuestra vulnerabilidad.
Hoy quiero aprovechar este momento no solo para hablar del susto, sino para reflexionar y compararnos con un país que convive cotidianamente con los temblores: Japón.
Japón registra miles de sismos al año. La gran mayoría son pequeños e imperceptibles, pero otros han sido devastadores y han marcado profundamente su historia. Aun así, Japón no es un país paralizado por el miedo. ¿Por qué?
Porque entendieron algo fundamental: no pueden evitar los sismos, pero sí pueden decidir cómo prepararse y cómo reaccionar.
Desde muy pequeños, los japoneses aprenden qué hacer durante un temblor. No se trata de una recomendación ocasional, sino de una práctica constante. Hay simulacros frecuentes, protocolos claros, edificios diseñados para moverse sin colapsar y una cultura de prevención integrada a la vida diaria.
Pero más allá de la infraestructura, existe una filosofía profunda: la dificultad no se desperdicia.
Cada evento adverso deja aprendizajes. Después de un sismo, se analizan errores, se ajustan normas y se fortalecen procesos. No se quedan solo en el miedo, sino que avanzan hacia la mejora.
En México solemos reaccionar bien en el momento, pero con el tiempo bajamos la guardia. Japón nos enseña que la resiliencia no es solo aguantar, sino prepararse. Que la disciplina cotidiana salva vidas.
Un sismo también nos recuerda que todo puede cambiar en segundos. Nos invita a valorar a la familia, agradecer lo que tenemos y dejar de postergar lo importante.
Así como la tierra tiembla, la vida también lo hace. Y aunque no siempre podemos evitarlo, sí podemos fortalecer nuestros cimientos.
Japón no se hizo fuerte a pesar de los sismos, sino gracias a ellos, porque decidió aprender.
Ojalá que este temblor no se quede solo en el susto del momento, sino que nos deje reflexión, preparación y conciencia.
Porque cuando aprendemos de la adversidad, incluso la tierra que tiembla puede enseñarnos a ser mejores.





