Opinión

El 8M y una lección japonesa sobre el valor de la mujer

11 marzo, 2026 7:01 am
Alejandro Kasuga

Cada 8 de marzo el mundo conmemora el Día Internacional de la Mujer. Es una fecha que invita a reflexionar sobre el papel fundamental que las mujeres desempeñan en nuestras familias, en nuestras comunidades y en la construcción del futuro.

Con frecuencia, esta conversación se centra en temas como los derechos, la igualdad o las oportunidades. Y sin duda son aspectos muy importantes. Sin embargo, hoy quisiera compartir una reflexión desde otra perspectiva: la del reconocimiento y la gratitud.

A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de convivir profundamente con la cultura japonesa, una sociedad que ha construido muchos de sus valores alrededor del respeto, la disciplina y la armonía social. Y dentro de esa cultura existe una figura silenciosa, pero extraordinariamente poderosa: la madre.

Existe una historia que escuché hace algunos años en Japón y que ilustra muy bien esta idea.

Cuenta la historia que un maestro fue invitado a una escuela para hablar sobre liderazgo. Los estudiantes esperaban escuchar historias de grandes empresarios, de líderes políticos o quizá de famosos samuráis de la historia japonesa.

Pero cuando comenzó su conferencia, el maestro dijo algo que sorprendió a todos:

“El líder más importante que ha tenido Japón no aparece en los libros de historia”.

Los alumnos se miraron entre sí, confundidos. ¿Cómo podía existir un líder tan importante que no estuviera documentado?

Entonces el maestro continuó:

“Ese líder es la madre japonesa”.

Porque durante generaciones, han sido las madres quienes han sembrado en sus hijos valores fundamentales que luego se reflejan en toda la sociedad: la disciplina, el respeto, la responsabilidad y la consideración hacia los demás.

En Japón existe una palabra muy especial: Kizukai.

Kizukai significa tener sensibilidad hacia los demás. Significa desarrollar la capacidad de percibir las necesidades de otra persona incluso antes de que las exprese.

Es la esencia del buen servicio, del respeto en la convivencia y de la armonía social.

Y curiosamente, esa sensibilidad no se aprende en una universidad ni en un curso empresarial. Se aprende primero en casa.

Se aprende cuando una madre enseña a su hijo que al entrar al hogar debe acomodar sus zapatos correctamente.
Se aprende cuando explica que los espacios comunes deben mantenerse limpios porque otras personas también los utilizan.
Se aprende cuando nos recuerda que nuestras acciones siempre tienen impacto en los demás.

A simple vista pueden parecer pequeñas enseñanzas cotidianas. Pero cuando millones de personas crecen con estos valores, el resultado es una sociedad más ordenada, más respetuosa y más armoniosa.

Por eso Japón es un país donde, incluso en situaciones difíciles, las personas hacen fila con orden, cuidan los espacios públicos y piensan constantemente en cómo sus acciones afectan a los demás.

Detrás de ese comportamiento colectivo existe una educación basada en valores que comienza, muchas veces, en el seno familiar.

Y en ese proceso, la figura de la mujer ha tenido un papel profundamente transformador.

Hoy el mundo está cambiando rápidamente. Cada vez vemos más mujeres liderando empresas, participando en la ciencia, impulsando innovaciones tecnológicas, ocupando posiciones clave en la política o transformando comunidades enteras.

Y eso es algo extraordinariamente positivo.

Porque las sociedades más equilibradas son aquellas donde el talento, la capacidad y la inteligencia pueden desarrollarse sin importar el género.

Pero también es importante recordar algo que a veces olvidamos: el liderazgo no siempre se mide por el cargo que una persona ocupa.

Muchas veces el liderazgo más profundo es el que ocurre lejos de los reflectores.

Es el liderazgo que forma carácter.
El liderazgo que transmite valores.
El liderazgo que moldea la forma en que las nuevas generaciones entienden el mundo.

Y en ese sentido, millones de mujeres han ejercido un liderazgo silencioso pero poderoso al formar seres humanos responsables, respetuosos y conscientes de su entorno.

Por eso el 8 de marzo puede ser también una oportunidad para detenernos un momento y expresar gratitud.

Gratitud hacia las madres que educan con amor y disciplina.
Gratitud hacia las mujeres que trabajan con esfuerzo todos los días para sacar adelante a sus familias.
Gratitud hacia aquellas que lideran empresas, organizaciones y comunidades.
Y gratitud hacia todas las mujeres que, desde cualquier espacio, contribuyen a construir una sociedad mejor.

Porque cuando una sociedad reconoce el valor de sus mujeres, esa sociedad inevitablemente florece.

Y quizá la gran lección que podemos aprender de culturas como la japonesa es esta:

Las grandes transformaciones sociales no comienzan necesariamente en los parlamentos ni en los grandes discursos.

Comienzan en casa.
En las pequeñas enseñanzas diarias.
En los valores que se transmiten de generación en generación.

Y en ese proceso, el papel de la mujer ha sido —y seguirá siendo— absolutamente fundamental.

Soy Alejandro Kasuga, autor del libro “Kizukai: Kaizen aplicado a la cultura organizacional”, y le deseo que tenga un excelente día.





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