
¿Está en decadencia el catolicismo en México?
Silvino Vergara Nava
“El largo plazo ha sido sustituido por el corto plazo.”
Zygmunt Bauman
“El presente absoluto destruye toda proyección hacia el futuro.”
Byung-Chul Han
“Soy guadalupano, pero no católico” es una expresión irónica frecuente en México. Aunque carece de lógica, refleja un fenómeno real: según el último censo oficial de 2020, la población católica ha disminuido y, con el paso de los años, continúa la reducción de feligreses, lo que plantea interrogantes sobre la capacidad de la Iglesia para retener a sus creyentes, el crecimiento del sacerdocio y su papel social. Sin embargo, la pregunta inicial es más profunda: ¿a dónde van quienes dejan el catolicismo? La respuesta predominante es que, generalmente, no migran a otra religión.
En la posmodernidad, la desconfianza hacia los grandes relatos recuerda al siglo XIX, cuando la religión fue cuestionada por no ser “científica”. Paradójicamente, la ciencia también perdió credibilidad tras las guerras mundiales, los conflictos bélicos, crisis ambientales y el uso político de la verdad. De ahí el auge de la posverdad, y la crítica a la ciencia como coautora de la degradación planetaria y de genocidios o proyectos de poder.
Mientras la ciencia pregunta el cómo y la filosofía el por qué, la teología —que responde al para qué y al sentido de la vida— ha quedado en suspenso. Ese vacío explica parte del declive religioso, no solo en México, sino en el mundo, y no únicamente en el catolicismo, sino en todas las religiones.
Este giro hacia el presente se observa también en fenómenos sociales como la gentrificación, donde miles de personas se desplazan no por identidad o fe, sino por bienestar inmediato, costos bajos y experiencias baratas. Se vive el ahora, sin proyección clara hacia el futuro.
A la par, la natalidad también cae. En diciembre de 2025, en Rusia se anunciaron incentivos ante el desplome demográfico. En México, la incorporación a primaria ha disminuido desde los años ochenta por la misma causa: menor natalidad. Las parejas piensan menos en el para qué del matrimonio, la familia o la trascendencia, y más en la satisfacción presente. Bajo esa lógica, la expansión de uniones del mismo sexo prioriza el proyecto de vida actual, no necesariamente la reproducción, asociada históricamente al para qué teológico.
Además, la socialdemocracia y las políticas de pensiones —impulsadas en Occidente tras 1945 y adoptadas décadas después en México— han servido como paliativos sociales para administrar a las masas desde el consumo, la distracción presente y la estabilidad inmediata, no desde la reflexión trascendente.
En síntesis, el declive del catolicismo es parte de un patrón mayor: la vida del presente líquido, la centralidad del consumo y el abandono del sentido teológico. Otras generaciones —quizá— volverán a preguntarse el para qué estamos aquí.





