
Lectores a bordo
Eduardo Pineda
Recuerdo que hace tiempo escuché a alguien decir: “Mi hija no se quería dormir, me traía libros y más libros al tapete de juegos”, y yo pensé: es muchísimo más importante para ella leer o que su mamá le lea que irse a la cama a dormir. Si duerme, seguramente soñará de un modo inconsciente; tal vez esos sueños se olviden, tal vez sean pesadillas. Pero si lee, soñará despierta, recordará esos sueños, los hará conscientes y vivenciales, volará su imaginación y continuará la historia que el libro no terminó de contar. También reflexionará sobre el relato, le impregnará su propio código de ética y moral, introspectará y, probablemente, en una de esas, lo conversará, se lo dirá a otros, lo narrará como si fuera real, lo actuará, lo interpretará y reinterpretará cada vez que lo cuente. Con el paso del tiempo, su historia será tan distinta a la del libro y tendrá tantos nuevos ingredientes que será ya una historia diferente: su historia, su forma de entender una parte del mundo.
Porque leer te hace imaginar e imaginar te hace conversar, por eso leer es quizá la actividad humana más increíblemente maravillosa que exista: la más rebelde, la más contestataria, la menos obediente, la más innovadora, la más creativa, la menos disciplinada, la más hermosa y la menos aburrida.
Debo confesarte que cuando yo tenía tu edad me chocaba aprender las reglas de ortografía: el uso de la “c” y la “s”, de la “v” y la “b”, dónde colocar los acentos si las palabras eran agudas o graves y por qué las esdrújulas siempre se acentúan. Me resultaba tedioso memorizar reglas. Sin embargo, poco a poco descubrí que al leer mi cerebro registraba el uso de las letras en determinados contextos. También me divertía jugando con los signos de puntuación; mi tía decía que la coma, el punto y coma, el punto y seguido, el punto y aparte y el punto final representaban tiempos, espacios, silencios y respiraciones. Después, en las clases de piano, aprendí que en la música también hay silencios y que estos se miden en unidades de tiempo.
Así, al leer, jugaba a cambiar esas pausas en los textos. Por ejemplo, el libro decía: “El comandante de la nave envió el mensaje a su tripulación respecto a qué hacer con aquel prisionero de guerra: ‘perdón al prisionero, no matarlo’…”. Yo cambiaba la coma y quedaba así: “Perdón al prisionero no, matarlo…”. Y… ¡zas!, lo mataban. Con solo mover un signo de puntuación, la historia cambiaba por completo.
Leyendo y conversando con mi familia y mis maestros aprendí no solo ortografía, aprendí muchas cosas. Me di cuenta de que usaba palabras que otros no conocían. La respuesta llegó leyendo a Julio Verne, cuyas historias me enseñaron a entender palabras dentro de su contexto. Años después supe que eso se llama “comprensión contextual” y que así se amplía el vocabulario sin memorizar definiciones.
Más adelante, al leer En defensa de la felicidad, de Matthieu Ricard, comprendí algo más: leer desarrolla la empatía. Al vivir el hambre, la injusticia o la alegría de los personajes, evitamos provocar sufrimiento y buscamos el bienestar de los demás. Entendí que leer también te vuelve mejor persona, sin ritos ni amenazas.
Además, la lectura genera ideas que más tarde pueden convertirse en ciencia y tecnología. La ciencia ficción habló de videollamadas, viajes espaciales y computadoras mucho antes de que existieran. Y los libros que no son ficción enseñan sobre culturas, lugares, creencias y formas de pensar.
Estoy convencido de que ahora ya sabes por qué pensé que esa mamá debió preferir libros y más libros en el tapete de juegos. Pienso firmemente que en ti ha nacido un nuevo lector.
Con esa reflexión me despido, deseando que en tu vida navegues siempre en un barco de espléndidas lecturas.
Lectores: ¡Todos a bordo!




