
Humanizando las palabras
Eduardo Pineda
La dramaturgia es el arte de escribir una historia a través de los recursos escénicos, dándole al director y al puestista las herramientas textuales para potenciar la imaginación y la creatividad de los actores y mostrar así, al público, el relato de lo imposible pero probable que surge tras el telón y permanece para la posteridad.
El trabajo del dramaturgo consiste, de esta manera, en plasmar en papel todo aquello que deberá ocurrir en escena. Es una tarea por demás compleja porque va más allá de los diálogos que relatan la historia que se ha de contar, requiere también la construcción de la atmósfera dispuesta a ser recreada echando mano de la iluminación, la escenografía, el vestuario y la colección de intenciones que cada actor encarnará para lograr el objetivo de hacernos soñar y construir la realidad que al escritor del guion le hizo ocupar parte de su vida con la intención de contarnos algo.
Federico García Lorca, quien es, junto con William Shakespeare, uno de los más grandes dramaturgos que han habitado este mundo, sentencia de forma retórica: “El teatro es poesía que se sale del libro para hacerse humana”. Y es en esta idea Lorquiana, que encontramos la trascendencia del escritor de obras teatrales. La fundamental labor del dramaturgo es redactar aquel libro a sabiendas de que sus letras escapará de él, cobrarán vida y serán recordadas por la interpretación de la que serán presas.
Cuando el teatro inició en la sociedad humana, fascinó a sus practicantes y a sus públicos por la suprema similitud de aquello que se escribía con lo que ocurría en la puesta en escena. Fue una posibilidad infinita de hacer existir las palabras y transmutarlas más allá de los símbolos, de los conceptos y de las grafías. Ya no era sólo necesario esperar a que los lectores manufacturaran lo leído en sus propias maneras de entender las líneas y las entrelíneas; ahora, el objeto, el blanco al cuál se le disparaban los textos era el director de escena, aquel individuo que leería la obra y la llevaría al terreno de los foros, en esos entonces semicirculares en la Grecia antigua. Y tal vez por eso el filósofo Aristóteles, que con su trabajo reflexivo sentó las bases de la sociedad occidental, decía: “El drama es en esencia una imitación no de las personas, sino de la acción y la vida, de la felicidad y la desdicha”.
El dramaturgo y sus esfuerzos literarios trascienden el tiempo también y se cuelan en la historia de nuestra especie, actualmente se siguen montado obras de Lorca, de Esquilo y Shakespeare, se reinterpretan tras la óptica de la sociedad actual con la sorprendente vigencia de sus relatos. La dramaturgia no se termina con las décadas, traspasa las generaciones y apuntala el modus vivendi de las sociedades por todo el orbe.
El dramaturgo se inmortaliza al igual que el resto de los escritores; ve su obra materializada y se sorprende al enfrentar las diversas formas de comprensión y realización de los directores y actores. Aquí, en el Estado de Puebla, Marcelo Bojiganga se da a la tarea de escribir obras de teatro, se ha inscrito para siempre en las filas de los inmortales reviviendo la labor de contar historias, fabricar instantes y ofrecerlos para que nosotros, su público, las vivamos de forma perpendicular, ingresando y saliendo del mundo que él creo para que el teatro no muera y para que sus letras se escapen del libro y se hagan humanas.
Eduardo Pineda
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