Opinión

La noche también le pertenece al bosque

Alejandra Bautista  FECHA:  11 agosto, 2026

Hay algo profundamente contradictorio en nuestra manera de hablar de la naturaleza: decimos que queremos conservarla, pero cuando encontramos un lugar hermoso, inmediatamente pensamos en cómo podemos explotarlo un poco más.

Más visitantes.

Más actividades.

Más infraestructura.

Más experiencias que vender.

Eso fue precisamente lo que pensé al visitar recientemente el parque Las Brizas, en Zacatlán.

Fui durante el fin de semana para hacer un recorrido nocturno. Entramos a las 20:10 horas. Éramos alrededor de 150 personas. La cascada, que durante el día tiene su propia belleza, ahora forma parte de un espectáculo nocturno. Luces verdes, azules y rosas iluminan el agua. Los senderos están decorados con iluminación. Hay un mirador de cristal y los guías utilizan altavoces durante el recorrido.

El bosque y la cascada Salto de Quetzalapan —en la zona que comparten Zacatlán y Chignahuapan, ambos Pueblos Mágicos— esa noche me recordaron más a una feria que a un bosque.

La cascada, alimentada por el río Quetzalapan que nace en la Laguna de Chignahuapan, tiene alrededor de 100 metros de altura. Es una de esas cosas que uno difícilmente alcanza a comprender hasta que está frente a ella.

Conozco de día los tres ecoparques que se encuentran en esta zona: Las Brizas, Quetzalapan y Tulimán.

Los he caminado. He recorrido sus senderos y me he detenido frente al agua y he disfrutado precisamente de esa sensación que produce el contacto con la naturaleza.

Y cuando uno conoce un lugar, también empieza —o debería empezar— a querer protegerlo.

No estoy en contra de que las comunidades aprovechen económicamente sus recursos naturales. Todo lo contrario. El turismo significa empleo, ingresos y oportunidades para las familias de la región.

Lo que cuestiono es la idea de que, para atraer más visitantes, tenemos que transformar cada paisaje natural en un espectáculo.

¿Qué ocurre con la naturaleza cuando llega la noche?

Mientras nosotros vemos una cascada iluminada, hay animales para los que esas horas representan el momento de mayor actividad.

Insectos, murciélagos, anfibios, aves y otros organismos dependen de los ciclos naturales de luz y oscuridad. La noche no es un espacio vacío esperando a que lleguen los turistas.

Es parte del ecosistema.

Durante el recorrido vi pequeñas polillas o mariposas volando alrededor de las luces de los barandales.

Por eso me parece indispensable preguntar si antes de poner iluminación en los senderos y directamente sobre la cascada se realizó algún estudio sobre los posibles efectos de la luz artificial en la fauna nocturna.

También habría que saber cuál es la capacidad de carga del sitio.

¿Puede un bosque de niebla recibir cientos de personas durante varias horas cada noche sin consecuencias?

¿Cuánto ruido se genera?

¿Cuánta basura?

¿Cuánta erosión producen los recorridos?

No afirmo que ya exista un daño. No tengo los estudios para decirlo.

Pregunto si existen.

Los visitantes llegamos, pagamos, “disfrutamos”, tomamos fotos y videos y nos vamos. Pero el bosque se queda.

El recorrido tiene una duración de 2 horas, al final hay fogata, café y pan. Escuché a personas decir: “Qué bonito”.

A mí no me lo pareció.

Existe un concepto que se utiliza en estudios sobre turismo: la espectacularización de la naturaleza. Dicho de manera sencilla, es cuando lo natural deja de parecernos suficiente y comenzamos a agregarle luces, efectos y experiencias para convertirlo en un producto turístico.

La cascada ya era hermosa.

El bosque ya era hermoso.

La noche también es parte de esa belleza.

¿Por qué necesitamos iluminarla?

¿Qué le estamos haciendo a un lugar que tanto nos da?





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