
De Lampedusa a Cd Juárez: La migración de la pobreza
“A los inmigrantes se les rechaza
porque son pobres,
no porque son extranjeros.”
-Adela Cortina
La migración es la historia de la humanidad. No puede hablarse de cambios significativos en la humanidad sin que estén relacionados con la migración.
Basta recordar los tiempos de las denominadas Cruzadas, en plena Edad Media, por allá del siglo XI. Los historiadores concluyen que Europa fue una antes y otra después de las Cruzadas, pues antes de esa serie de guerras emprendidas por los reyes europeos en Medio Oriente, el continente era un territorio predominantemente agrícola, con poblaciones aisladas y escaso desarrollo. Sin embargo, cuando comenzaron las expediciones, esos ejércitos improvisados atravesaron lo que fue el Imperio Romano de Oriente, hoy Turquía, donde descubrieron la riqueza de la cultura romana: las artes, la ciencia y la tecnología de la época. Por ello, las últimas Cruzadas dejaron de centrarse únicamente en imponer un reino cristiano en Medio Oriente y pasaron a responder, en gran medida, a intereses económicos.
Hoy, lo que preocupa a los gobiernos del denominado primer mundo es la migración provocada por la pobreza, un fenómeno que, lejos de disminuir, ha aumentado considerablemente con el paso del tiempo. En distintas regiones del planeta, los habitantes de países con mayores carencias migran hacia naciones con mejores condiciones económicas en busca de oportunidades, de un mejor nivel de vida o, simplemente, para escapar de la violencia, la persecución o la muerte.
En América Latina, por ejemplo, existen flujos migratorios constantes de bolivianos hacia Argentina o Perú; de venezolanos que, durante años, buscaron salir de su país por cualquier medio, y de cubanos que arriesgan la vida en embarcaciones improvisadas para llegar a Florida, particularmente a Cayo Hueso o Cayo Marathon.
Centroamérica no es la excepción. Los salvadoreños migran hacia Honduras y muchos buscan llegar hasta Panamá; sin embargo, la mayoría emprende el camino hacia el norte del continente, enfrentando los múltiples riesgos que implica atravesar México.
Basta recordar que hace aproximadamente una década un sacerdote católico radicado en Oaxaca denunciaba que los migrantes centroamericanos no solo eran secuestrados para extorsionarlos, prostituirlos o reclutarlos por grupos criminales, sino que incluso existían denuncias sobre la extracción ilegal de órganos y otros delitos atroces en el norte del país.
Durante la década de 2010 también aumentó la migración de mujeres, hombres, niñas y niños africanos hacia Europa. Un caso emblemático es el de la isla de Lampedusa, en el mar Mediterráneo, primer territorio italiano al que muchos migrantes aspiran llegar antes de trasladarse a otros países europeos. En ese lugar ocurrieron tragedias que costaron la vida a miles de personas y que motivaron uno de los primeros mensajes del papa Francisco tras asumir el pontificado.
En México también destacan los hechos ocurridos en Ciudad Juárez, donde los asesinatos de mujeres en los campos algodoneros derivaron en una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos contra el Estado mexicano. A partir de ese caso se impulsó la tipificación del feminicidio en la legislación nacional, figura que posteriormente fue fortalecida mediante reformas constitucionales.
Pero ¿por qué persiste la migración por pobreza en una época marcada por el avance tecnológico y científico? Una posible respuesta es que el sistema económico actual no logra generar condiciones de bienestar para toda la población.
En muchos casos, mujeres y hombres abandonan sus países porque viven bajo gobiernos autoritarios, sin democracia efectiva, donde grupos criminales ejercen control territorial y las oportunidades para sobrevivir son prácticamente inexistentes.
En otros casos, las personas migran porque en sus comunidades no existen oportunidades económicas ni posibilidades de superación. La pobreza, la inseguridad y la falta de desarrollo se agravan, además, por la presencia de grandes corporaciones económicas, monopolios y oligopolios que concentran el mercado y limitan el crecimiento de pequeñas y medianas empresas. Esto reduce las oportunidades laborales y obliga a muchas personas a depender de grandes compañías o de sus cadenas de proveedores. A este fenómeno suele denominársele capitalismo financiero, al que algunos autores suman el impacto de la automatización y los avances tecnológicos, que han reducido la demanda de mano de obra en diversos sectores industriales.
El problema de la migración no se resolverá únicamente con el cierre de fronteras. Desde esta perspectiva, también requiere generar condiciones económicas que favorezcan el desarrollo de pequeñas y medianas empresas, tal como lo planteó Adam Smith al advertir sobre los riesgos de la concentración económica y, más tarde, defendieron distintos gobiernos mediante políticas de libre competencia. Sin embargo, los países desarrollados han optado, en muchos casos, por reforzar sus fronteras para contener los flujos migratorios provenientes de naciones con mayores niveles de pobreza.
Lo que ocurre regularmente en Lampedusa tiene paralelismos con lo que sucede en Ciudad Juárez. Desde esta visión, ambos casos reflejan las consecuencias de un modelo económico y tecnológico que algunos denominan tecno-capitalismo, cuyas dinámicas, afirman sus críticos, influyen tanto en las condiciones de vida como en los movimientos migratorios a nivel mundial.







